viernes, 25 de marzo de 2016

Un saludo a los espías





“Haz una rápida comprobación de privacidad en Google y navega tranquilo”. Estas son las palabras que emplea el gigante informático para calmar, no sin ironía, a sus usuarios ante las suspicacias que surgen de la dudosa confianza con la que deberíamos surcar los mares de la red. ¿Pretenderá acaso la conocida empresa advertirnos de las medidas tomadas  para asegurar que debemos seguir utilizando Internet con la misma despreocupación que hasta ahora?  ¿Será una especie de garantía de que la información que dejamos en la red no se  empleará de forma ilegal? Y es que las últimas entrevistas de Ana Pastor y Marta Peirano con el antiguo trabajador de los servicios de inteligencia de EEUU Edward Snowden nos pareció a algunos un thriller hollywoodiense donde la realidad supera a la ficción. 

Ante una incrédula e hipnotizada audiencia Snowden aseguraba la existencia de programas informáticos que interpretan los millones de datos que dejamos en la red, con nuestros teléfonos móviles y quién sabe con qué más. Son los rastros que vamos dejando como lo hacen los pies en la arena o como la estela que deja un avión en el cielo, con la diferencia de que estas huellas nos pueden hacer muy vulnerables. Estos programas extraen, al parecer, tanta información de nosotros que hacen que nos conozcan como si nos hubieran parido. Ellos emplean la denominación de “patrón de vida” para este profundo conocimiento que llegan a alcanzar sobre la vida de las personas. De esta manera, se estaría presuntamente cometiendo una vulneración del derecho a la intimidad de los ciudadanos anónimos como tú y yo. El pretexto empleado para esta ilegalidad es que sería para un bien superior: ignorar los derechos humanos masivamente supondría evitar un acto terrorista, por ejemplo. Igualmente, seguir las huellas de todos nosotros haría posible que en el caso de que alguien cometiera un crimen, se tuviera mucha información de ese criminal en forma antecedentes. Asistimos por tanto, a un caso donde un fin justificaría los medios, aunque esto suponga aplastar la vida privada de los ciudadanos.  
 
Inquietaba conocer las peripecias de las periodistas para concertar la cita de la entrevista en un conocido hotel de la capital rusa. Resulta paradójico, por otra parte, que Snowden se refugie en Moscú y sea en esta ciudad que ha perpetrado tantas escuchas, delaciones y chivatazos donde precisamente se denuncie el aberrante propósito de retirar la privacidad a la sociedad, es decir, retirar también la libertad. No hay que irse muchos años atrás para recordar por ejemplo, la salida al parque de Gorbachov para poder conversar con su mujer sin recelos de escuchas peligrosas. Asimismo, la historia del libro Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn es un símbolo de la alienante falta de privacidad o de libertad de expresión. La obra fue escrita en la clandestinidad gracias a códigos secretos entre Solzhenitsyn y sus ayudantes para evitar que fueran descubiertos, como lo fueron al final. 

Conozco la divertida historia de un ingenioso señor de provincias que mandaba cartas a principios del siglo XX a su casa mientras se encontraba en Donostia. Era ebanista en la capital guipuzcoana en sus años de juventud y sospechaba que el cartero leía las cartas que mandaba periódicamente a su familia. Lúcidamente se le ocurrió entonces escribir una misiva para anunciar que se casaba. El repartidor de cartas no pudo, al parecer, contener la noticia en secreto y la nueva primicia se expandió rápidamente en el pueblo. Así es pues, cómo aquel señor logró dejar en evidencia la falta de privacidad a la cual el cartero condenaba a los lugareños de aquel municipio. 

¿Podríamos aprender algo de este suceso? ¿Es posible alguna ocurrente trampa dirigida a  nuestros espías informáticos con la intención de defendernos? ¿Quizá dejar huellas falsas como hizo este hombre? Me temo que mientras no haya filtraciones contundentes que denuncien esta injusticia, tal vez sólo nos quede saludar a esos espías cuando paseamos en la red o al utilizar el teléfono. Sería una modesta forma de pedir seriedad ante una sociedad en la que a veces es más prudente andar sin móvil –como Snowden- que con él: “¿qué tal va eso, espía? ¿Cómo va ese patrón de vida? ¿Soy sospechosa?”.  

Fotografía: Chema Madoz

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