jueves, 14 de febrero de 2019

El viento que traía la hora del "prime time"



Donostia vive abierta al mar y él pasea por esta ciudad como si lo hiciera a través del cuerpo de la mujer que una vez tanto amó. Pasea mientras respira la brisa que airea sus pulmones. Camina por el Paseo Nuevo hasta llegar a la Concha con una decidida marcha que deja en la imaginación del transeúnte una estela llena de pensamientos, sueños y miedos. Pasear es cocinar sus pensamientos con el viento o la brisa como si de la sal se tratase. ¿Existe un mayor placer para él que el de una caminata en el que cada paso es hervir, cocer, freír con el viento su propia vida reflexionada? No en vano, a menudo dice que va a tomar el aire cuando necesita salir no sólo de un sitio cerrado sino también salir y dejar atrás su propio agobio.

Ha empezado a llover pero él sigue paseando porque renunciar al paseo por la lluvia en Donostia es condenarse a sedentarismo. La brisa entonces se mezcla con el viento del norte y las gotas de lluvia tiñen de un precioso gris plateado que él observa en su querida ciudad. Esa bruma se confunde con un velo sobre la bahía y pasear se convierte en la acción de abrir las ventanas de la mente y sentarse en una hamaca con alguien interesante.

La brisa es la mejor caricia que él puede recibir al contemplar La Concha mientras pasea siguiendo su famosa barandilla.   Un aire puro y húmedo llega del mar y crea una relajante atmósfera en todo el entorno. Sin embargo, cuando esa brisa va acompañada de un fuerte viento que llega de las aguas del Gran Sol penetra en todas las capas de ropa hasta llegar a los huesos. Se podría decir que ese viento casi sabe todos los secretos de los donostiarras como si los hubiera escuchado atravesando el corazón. O como si alguien en la esquina de una calle donde ese viento entra con fuerza se los hubiera susurrado al oído. Susurrar al viento es hablarle a esa corriente de aire que viene y va, que escucha y calla, que es y no es.

Es 14 de febrero y nuestro paseante imagina un viento romántico de verdad. Un viento que guardara secretos o un viento que mandara mensajes maravillosos a personas que estuvieran en la distancia. Así, un vendaval sería capaz de hacer llegar un “te echo en falta” o un “perdóname” a alguien especial separado por el mar, por ejemplo. Valdría con hablarle al viento mientras damos un paseo y contarle las palabras mágicas para que éste transmitiera al oído en forma de susurro ese íntimo mensaje que  a veces la timidez impide expresar. Lo haría además conservando la voz del remitente. Es decir, haría llegar ese timbre vocal que emocionaría al destinatario de ese mensaje.  

Él imagina quién le gustaría que le susurrara unas suaves palabras al oído gracias a la preciosa ayuda del viento. Ya no serían necesarias las palomas mensajeras. El viento haría ese trabajo tradicionalmente otorgado a estas aves comunicadoras. Por lo tanto, si el viento hablara ya no se diría que las palabras las lleva el viento. Se cambiaría esa expresión por otra que dijera que las palabras son custodiadas y llevadas por el viento sin necesidad de las palomas, sean reales o de Twitter.

Nuestro paseante duda de quién le mandaría mensajes a través del viento del norte. Vacila al pensar quién lo haría con el viento del sur. Desconoce quién se aventuraría a dejarse oír con el viento del este al lado de su cuello, ni quién desnudaría su alma con la ayuda del viento del oeste si éste se pusiera a transmitirle notas de voz como las que hace con Whatsapp. De momento sólo sabe que le toca llegar de su paseo a casa y dejar que el viento le despeje mientras le trae la hora del "prime time". Ese momento del día en el que se enchufa a la televisión a falta de voces que susurran su nombre acompañados de algunas ráfagas de viento. Quizá alguien invente un aparato que aparte de entretenerle cuando llega la noche también le traiga una bocanada de aire fresco a su casa y corazón provocada por lo único que sería capaz de hacerlo: escuchar esa voz.

Fotografía: Elliot Erwitt, 1975. Fuente: Magnum Photos.

miércoles, 30 de enero de 2019

Pensamientos en el corazón del invierno


Ahí yace en un elegante silencio. Parece muerto pero se encuentra únicamente durmiendo una tranquila siesta de temporada. Se trata de un árbol al que he visto dormirse, morirse, marcharse lejos en las últimas semanas. Falleció cuando hizo su aparición vestido con una desnuda cara de Gingko biloba. Y como si esa cara perteneciera a alguien que fuera mitad árbol y mitad mujer. Apareció sin una respiración que empeñara los cristales del parque recién abierto como una tienda para mí. Estaba tan inmóvil que bien podría confundirse con una estatua de mármol sin que ninguna de sus ramas bailara con el viento del noreste.

El asesino que tumbó a ese árbol y lo hizo tan mortal como los humanos no fue otro que el cruel invierno. Esa estación del año que nos recuerda a la muerte en sus tonalidades negras, amarronadas y grises. Una época del calendario que a veces nos deja un paisaje blanco en un intento de mantener la inocencia del a pesar bello estrago causado. La naturaleza nevada no sólo se presta para una fotografía en un romántico blanco y negro sino que es también una metáfora de la impunidad. La nieve invernal deja nuestro ánimo sombrío, húmedo, nostálgico y sin embargo nos fascina ese manto blanco inmaculado. Es un blanco limpio, puro y a la vez enormemente culpable del desierto natural causado y la tendencia hogareña a la que nos ha condenado. Por eso mi parque se parece a un escenario fúnebre después de que la lluvia, el frío o la nieve se hayan llevado sin un mea culpa los restos del otoño.

¿Cuál es la primera estación? ¿Dónde empieza el año no para nosotros sino para ese árbol? ¿Cuándo se despertará de ese sueño? Tal vez todo comience en enero con el invierno. O quizá en el solsticio de la primavera según el calendario lunar. Pero no pocos dirán que el ciclo de la naturaleza se dispara cuando brota la vida y salen las prímulas que anuncian la lenta pero segura llegada de la primavera alrededor de ese Ginkgo biloba. Es el momento de la concepción. Como si esas pequeñas flores amarillas fueran el síntoma de un embarazo que culminará en el parto primaveral. Para otros el proceso comienza con el curso escolar de septiembre cuando entramos en el otoño y el cenit del cuento de las cuatro estaciones llega con el esplendor estival tan bien premiado con el descanso vacacional. Así el verano parece la cumbre de un propósito en forma de montaña frondosa. Cada cual pensará cuándo empieza y cuándo acaba la vida de nuestra madre naturaleza.  Sea antes o después, lo cierto es que el invierno tiene mucho poder de concebir y expresar verdades. Verdades tan auténticas y bellas como las camelias o los pensamientos que adornan nuestros jardines poblados de frío y de falta de luz.  

El invierno nos hace desprendernos de algunas capas como el viento peina los campos y los árboles. Arrasa con todo y para protegernos de las tormentas invernales nos pone de camino hacia el interior: el de una sede física con cuatro paredes y una sede interior más personal o espiritual. Así, cuando llega el frío María no sólo se refugia en su casa. En invierno María se mete dentro de María. Bajo ese techo y ese cobijo interior habita la sobriedad, sobran las extravagancias y no son interesantes los egos con abrigo o sombrero. Bajo esa sencillez ocurre algo maravilloso cuando salen a la luz esos pensamientos en el corazón del invierno. Sucede en esos días de tiempo infernal que ponen a prueba nuestra salud física y psicológica pero a la vez destapan nuestros proyectos y deseos más íntimos en las largas noches que tratan en vano en hacer perdurar la oscuridad para siempre. Porque esa falta de luz es paradójicamente la metáfora perfecta de que a veces es beneficioso apagarse, morir, atravesar un duelo para volver a nacer como un parque en primavera.

¿Qué deseos ha despertado el invierno en ti? Te ha encerrado en una habitación de una gran casa. Estás hibernando en ella a la vez que piensas lo que harás cuando salgas de ahí. El invierno es proyectar, hacer planes y mirar por la ventana imaginando un futuro mejor. Es salir con los ojos de la mente en busca de una verdad aún más blanca y transparente. Lo que piensas al mirar por la ventana dice mucho de ti y de esa sede en la que habitas en tu interior. Esos pensamientos invernales son como aforismos que lanzamos al frío que deseamos que se convierta en calor. Iré de vacaciones a… Cuando empiece el buen tiempo haré… Seré libre cuando vuelva a… Todo es proyectar mientras las rachas de viento, agua y nieve azotan el parque que ahora parece dormido desde mi ventana. Está en la siesta aunque afortunadamente no eternamente. ¿Acaso ese Ginkgo biloba, como tu corazón, no rebosará vida dando a luz a un verde soñado unos meses antes cuando pensabas en ser alguien todavía mejor? Antoine de Saint-Exupéry lo expresó de otro modo: “Estar atravesando una tormenta no significa que no te dirijas hacia la luz del sol”. 

Fotografía: Christopher Anderson, 2001. Fuente: Magnum Photos.

domingo, 6 de enero de 2019

Burdinezko hesian dauden masustak dira gure begiak eta sasi artean nahastuta geratu gara betirako biok



Lehen ia dena eros zitekeen, Frank Sinatraren abestietan bezala, ia dena posible den hiriko botiketan. Baina osasunaren moda iritsi da Brooklyngo zubia gurutzatuta Alicia Keys-en jungla gogokoenera. New York hiriko botiketan tabakoa saltzea debekatu dute. Agian horregatik Madison etorbideko farmazietan ezinezko ametsak salduko dituzte baina ez dira nikotinazko ametsak kalada zoroetan errepikatuko. Ez dute farmaziaren sarreran zigarroaren kea Manhattango behelaino lausoarekin nahastuko. Botikariek ezingo dute nikotina dispentsatu. Ezinezkoa izango da jazz abeslarientzat txuri beltzeko chemists edo apothecary batean  nikotonitarekin ahotsa gehiago sakontzea, gorpuztea, zabaltzea. Beren eztarrientzako medizina ez dute botiketan 12 dolarretan salduko. New York hiriko farmazietan jostailuak, goxokiak eta Valium pilulak erostea posible izango da baina ez Marlboro paketeak. Beraz newyorktarrek mundu osoan bezela larrua jotzeko preserbatiboak eta zigarro paketeak  behar badituzte tamalez hauek ezingo dituzte biak batera denda berean erosi.  Nikotinaren egoitzak beste batzuk izango dira New York-eko baso kosmopolitan. Ez farmaziak.  

Munduan zehar barreiatuta dauden botikak, merkatuak bezala, oso antzekoak eta aldi berean oso desberdinak dira. Donostiako farmazietan adibidez ezin dira zigarroak erosi. Horretarako estankoak daude. Eta Berlin hiriko apotheke batera edo Delhi hiriko pharmacy batera sendagarri bila abiatzen bazara bertan aurkituko duzunak osasunaren errepartoa eta osasunaren kontzeptua bera toki batean edo bestean oso bestelakoa dela erakutsiko dizu. Batean eta bestean bizitza batek balio duena zein desberdina den begi-bistakoa izango da. Batean botika robot japoniar batek aurkituko du almazenean. Bestean tuper batzuetan gordeta egongo da. Baina kontuz, salbuespen batzuekin bada ere, munduko botika gehienen sarreran argi berde bat ikusiko duzu. Argi berde baten –piztuetaitzali, piztuetaitzali- dirdira deigarria. Behar larria dutenek urrutitik ikusi eta ia-ia entzun eta usainduko duten argia.

Guardia duten botiketan inoiz itzaltzen ez den argi berdea eta Spotify plataformarena oso antzekoak dira. Biek egiten dute gainera guardia 24 orduz urteko 365 egunetan. Farmaziek hiritarren gorputzak sendatzen egiten dute lan eta Spotify-ek aldiz entzuleen gaitz anitzak arintzen. Spotify izeneko musika plataforma berdea melodien eta letren merkatu bat dela dirudi. Musikaren baratza da batzuentzat, musika nikotina bezala behar duten entzuleen farmazia da besteentzat. Abestiak belar sendagarriak direlako ez hiritar gutxirentzat. Printzipio aktibo ugari dituzten droga biguin eta merkeak. Hau dela eta, hil aurretik ohe buruan askok morfina ordez beste zerbait eskatuko lukete. Heriotzaren atarian bizitzako azken kantarekin betirako lokartzea. Azken arnas hori, etxekoen eskuak ezezik Spotify-enak ere helduz egitea.

Nik ez dut botika baten eta aipatutako musika plataforma ezagunaren artean desberdintasun handia aurkitzen. Azken boladan Los Planetas taldearen kanta bat entzuten dut behin eta berriro sendagarri eraginkor bat balitz bezala. Espíritu Olímpico abestiarekin oheratzen naiz sarri. Kanta honen letra poetikoak giltzatu ninduen nonbait argiak itzalita zeuden Spotify-eko logela batean. Gainera kanta honen Zona Temporalmente Autónoma izeneko diskoaren azala ere, farmaziak bezala, inoiz aspertuko ez gaituen udaberriko zelai bat bezela, berdea da. Berdeak dira azal horretan ageri diren palmondoak. Juan Ramón Rodríguez, “Jota”, Los Planetas taldearen ahotsak itsaso sakoneko kartzela batetik hitz egiten dizu kanta horretan. Espetxe horretatik askatzen den ahots bat dela dirudi.

Burdinezko hesian dauden masustak dira gure begiak
Eta sasi artean nahastuta geratu gara betirako biok.
Itsasoa sakona delako doaz ibai guztiak hara
Eta zure begien atzetik joan dira nireak bertara
Bi begirada harrapatuta imajinatzen ditut abesti hau entzuten dudan bakoitzean eta irudi poetiko horretan uzten ditut nik maite izan ditudan begi guztiak. Masustak  dira denak eta sasi artean ordez agian farmazia batean salgai egongo dira egunen batean. Bertan botika bezala, musika emango dute dolar gutxi batzuen truke errezetarekin edo errezetarik gabe.

Egun horretan New York-eko farmazietako argi berdeek ez dute gurutze forma  izango. Edo Asklepio medikuntzaren jainkoaren alaba Higearen kopan dagoen suge sendagarriaren forma. Aldiz, musikarien sol klabe bat erakutsiko dute. Farmaziak medikuntzaren benetako tenpluak izango dira eta ez lobby farmazeutikoen bulego berdeak. Osasuna abestietan salduko da. Sony bezelako diskografikak Bayer edo Novartis bezelako enpresetan fusionatuko dira. Benetako mors fina morfinak ordez musikak emango digu. Spotify izango da agian heriotza gozo batzuen banatzailea. Argi berdearekin plazerrera deituko gaituen erakundea. Dela Los Planetas-en Espíritu olímpico abestiarekin, dela Sinatra beraren Somethin´ Stupid abestiarekin. Poesia, musika eta maitasuna bezala, botika delako. Eta bizitza, heriotzera eramango zaituen gaixotasun zirraragarri bat.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Tengo una llamada perdida de alguien en el nevado aeropuerto de Sheremetyevo envuelto en la niebla



Nuestros móviles arden en estos días. Nuestros inseparables aparatos trabajan al mismo tiempo que calientan los fogones de nuestros cocineros de familia. Los apresurados chefs que sacian nuestro apetito y que elevan también nuestro espíritu. Nos sirven un sinfín de platos que alimentan algo más que el estómago mientras recibimos muchas llamadas. Y entre llamada y llamada hay alguna que no podemos contestar. Por eso la palabra “llamada perdida” forma ya parte de nuestro vocabulario colectivo más básico. Tengo una llamada perdida de Fulanito, decimos. Ya llamará otra vez. Tengo que devolver la llamada perdida a Menganito sin falta. Me haces una llamada perdida cuando llegues a casa en Nochevieja, porfa. Y así hablamos año tras año. Pero hay algo que también se repite -no en el móvil- sino en la televisión de mi casa en los últimos días del año. En ese aparato sucede algo que me conmueve profundamente. A veces me remueve más que todos los buenos deseos imaginados con los ojos cerrados para el año que estrenamos. Y es porque alguien llegó a mi vida a través de esa televisión en estos días del año. Ese hombre no puede fallar en estas fechas.


Aparece siempre sin faltar. No se le ocurre ausentarse en los días en que, dime qué nos deparará el 2019, se abre el telón del nuevo año. Sabe que sin él pesan todavía más estos días de nostalgia al cava. No necesita que le recuerde que su visita es como un bálsamo para la herida. Quedo con él en el salón de mi casa. Y acude a la cita saliendo de la tele y sentándose a mi lado en el sofá. Charlamos un poco, repasamos el año y vuelve después a entrar de nuevo en la televisión hasta el año que viene. A mí me reconforta su generosa presencia como pocas cosas en la vida. Os reiréis pero este hombre no es un hombre cualquiera. Es él, Aleksandr. Mi querido Sasha. El gran héroe del alma de esta chica a la que todavía no sabes por qué lees pero que tiene una imaginación que parece estar servida en una copa de vino o quizá en esa copa de cava que alzas en un alegre y a la vez efusivo brindis gritando ¡salud!   

En estas delicadas fechas echamos en falta a los nuestros. A familiares que partieron antes de tiempo como mi abuela a la que nunca conocí. Por eso añoro su presencia como la de todos mis abuelos. Pero también tengo un recuerdo para otros familiares. Es decir para esos allegados a los que estoy unida de otra forma.  Estoy hablando cómo no, de mis escritores fallecidos. Me acuerdo en la  Navidad, por ejemplo, de R. Walser. Cuando el escritor falleció un 25 de diciembre durante un paseo en la nieve donde quedó en parte descansando –puro e inocente-  eternamente. Por estas fechas me acuerdo también de R. Kapuscinski que falleció después de las celebraciones navideñas de 2006. Me importan porque son nuestros fantasmas, como diría Javier Marías. Fantasmas de la literatura que deambulan en el pasillo de mi casa al lado de la estantería de libros. O en la estación de tren en las madrugadas de febrero cuando llevo en el bolso un libro junto a la manzana para el almuerzo. Cuando espero al “cercanías” mientras mi respiración emite un humo que se confunde con el invisible movimiento de estos fantasmas que me acompañan en la oscuridad que va cediendo al frío amanecer.

Ese escritor y fantasma que siempre me visita en el cambio de año llega a mi casa en el documental sobre la historia secreta de uno de sus libros. El pasado 11 de diciembre él hubiera cumplido 100 años si estuviera vivo. Y en ese importante aniversario inauguraron una estatua del escultor Andrei Kovalchuk homenajeando su carrera. La escultura estará en un parque público en una calle moscovita que lleva el nombre de este escritor. Se trata del autor de Un día en la vida de Iván Denísovich, Pabellón del cáncer, El primer círculo pero sobre todo de Archipiélago Gulag. El mencionado documental se adentra en la historia secreta de este último libro. La obra que destripa el funcionamiento de los campos de trabajo rusos denominados Gulag. Archipiélago Gulag es un homenaje a los millones de víctimas que se quedaron allí y las dimensiones intelectuales y morales de esta obra traspasan todos los límites que asociamos a la literatura porque es a la vez literatura y justicia lo que hizo en este libro Aleksandr Solzhenitsyn, el invitado en mi Nochevieja.  

El documental de Jean Crépu y de Nicolas Miletitch es una joya de la televisión que me reconforta cada vez que lo veo en Youtube. En él aparecen algunas personas que ayudaron a Solzhenitsyn a escribir esa épica obra. Entre otros fueron Nadia Levitskaia, Elena Tchukovskaia, Heli Susi o Elizabeth Voronskaïa, fallecida esta última antes de la publicación del libro. Solzhenitsyn reconoce en el documental que un hombre sólo no podía hacerle frente a una maquinaria como era la soviética aunque fuera en la época postestalinista. El espionaje estaba a la orden del día y había que engañar a la KGB para llevar a cabo la redacción de este monumental libro. Los cómplices o colaboradores invisibles de Solzhenitsyn hablaban en clave con él. El documental relata detalles sobrecogedores de la redacción de Archipiélago Gulag. Tras finalizar el proceso de escritura y cuando el manuscrito final llegó milagrosamente a Paris para ser algún día publicado en Occidente uno de esos cómplices dijo por teléfono: “El análisis de sangre de tu hermana ha salido positivo”. Eso quería decir que el manuscrito microfilmado había llegado bien en algunas latas de caviar a París. El titánico trabajo de Solzhenitsyn estaba en cierto modo a salvo. ¡Aleksandr y sus invisibles aliados respirarían aliviados por un tiempo en Moscú! Y después de todo a uno se le encoge el corazón cuando Sozhenitsyn tuvo que abandonar la Unión Soviética el 13 de febrero de 1974 para marcharse al exilio. Le retiraron la nacionalidad soviética.    

¿Qué haría Aleksandr Solzhenytsin con un smartphone? Me pregunto si hoy en día tendría él un smartphone o un legendario “troncomóvil” de Nokia.  ¿Cómo escribiría Solzhenitsyn Archipiélago Gulag en la era de Big Data? ¿Cómo puedo ir hoy en día más segura por la calle, Aleksandr? ¿Con o sin smartphone? Estas preguntas formularía al escritor. De lo que Aleksandr no dudaría es que nuestra hiperconectividad apenas nos conecta de verdad. Sin móvil y sin Internet Solzhenitsyn creó sin ironía la red más sólida y significativa que hubo nunca en la era contemporánea. Es más, armaron la invisible telaraña de personas más útil de todo el siglo XX. Y sin embargo, de alguna manera su alma se quedó tal vez sólo e inmóvil para siempre en el aeropuerto nevado que vio envuelto en la niebla antes de que su avión despegara para el exilio.

De ese hiperconectado aeropuerto donde se encuentra Solzhenitsyn en forma de fantasma me hace siempre una llamada perdida al final de año. Y eso en su lenguaje secreto podría significar, “Feliz Año, Edurne. Voy ahora a tu salón”. El lenguaje permite estas cosas. Los aliados de Sozhenitsyn emplearon el lenguaje para hacer el bien cuando dijeron “El análisis de sangre de tu hermana ha salido positivo”.  Sus códigos y mensajes en clave querían hacer justicia. Nuestras palabras, como las personas, a veces tienden trampas o se disfrazan de hipocresía navideña. Otras veces sin embargo invitan al juego o incluso a la belleza. Porque incluso en el lenguaje se libra la batalla entre el bien y el mal. La llamada perdida que me hace Sozhenitsyn se puede interpretar de infinitas maneras. En ese juego del lenguaje que no es sino un juego de interpretación o descodificación dos enamorados o incluso una familia tendrán también su propio léxico, su universo de palabras que remite a su historia. Y precisamente en ese juego de amor y en la búsqueda de la belleza me encontrarás a mí. En el eterno océano bravo del lenguaje. Hoy junto a Sozhenitsyn deseándote un feliz 2019. Urte berri on!   

Fotografía: Elliott Erwitt, 1968. Fuente: Magnum Photos.




lunes, 24 de diciembre de 2018

Eres el hombre de mi vida quería él escuchar en boca de todas las mujeres del mundo



Raskólnikov se había enamorado. Lo había pensado ella mientras elegía los colores para sus bocetos. Cuando el asesino inventado por Dostoyevski se encontró en ese estado poseído por un ardiente deseo. Cuando sólo respondía al impulso de regreso a la vida y de salvación por amor. Ese apasionado arrebato a orillas del Neva podía inspirar el título de una historia, se decía ella. Esos bocetos que ella realizaba tenían títulos que eran a la vez homenaje al arte y a la literatura. Ella los fundía en una sola expresión. Porque amaba a ambas artes a partes iguales como se quiere a veces por igual al padre y a la madre. Admiraba a Sonia Delaunay, Frida Kalho, Georgia O´Keefe, Vanessa Bell, Lee Krasner, admiraba a Natalia Goncharova… Porque, ¡oh! ¡El arte rescataba a los muertos! Salvaba a esos cadáveres que andan por las calles los mediodías y las noches. Los devolvía a la vida en vez de abandonarlos en sus tumbas de asfalto para siempre. Enterrados sin esperanza en sus rutinas de trabajo y ocio. En ese estado hipnótico de lunes a domingo por culpa de un péndulo de placer y sobre todo de dolor.


Raskólnikov se había enamorado de Sonia. Y nuestra pintora quería crear unas viñetas inspiradas en una escena de su novela favorita, Crimen y castigo de Fíodor Dostoyevski. Cuando el amor entre Raskónikov y Sonia resplandeció en cielos azules, grises, púrpuras. Cuando el fiel lector de Dostoyevski amó el tímido y a la vez febril fondo rojo como horizonte. El que fue testigo de una historia de redención. Porque si el asesino de San Petersburgo se enamoró… Si hasta él se dejó llevar por el corazón como un mar alocado en noviembre, todo, absolutamente todo en la vida era posible. Es más, el amor de Raskólnikov era como un axioma literario que servía para la vida. Para esa vida cuando la vida no se parece a la vida.

Cuando ella pintaba sabía que pocas veces en la vida, ésta se parecía a la vida de verdad. Por eso pintaba. Para que la vida fuera vida.  Los adultos tenían a menudo vidas grises. Aunque esos supuestos hombres maduros no se rindieran en el intento de lograr que la vida llegara a parecerse aunque fuera en un día, a la vida. Conocer a la mujer de su vida fue para Raskólnikov un día de vida en su vida. Quizá, la única de entre todas las que vivió. Cuando no se sabe por qué sucumbió a los ojos de Sonia como las últimas hojas de un árbol. Cuando éstas caen abatidas en las heladas de víspera de Navidad. Y mientras recordaba esa escena ella sonrió a la vez que sentía el impulso de releer a Dostoyevski. Porque este enamoramiento le daba esperanza y a la vez aportaba una prueba inequívoca de que la vida daba sorprendentes vuelcos hacia ella misma, la vida de verdad. Y de pronto se imaginó como en una película la continuación de la gran novela de Fíodor Dostoyevski. La que contaría la historia de amor entre el asesino y la prostituta en el siglo XXI.

Raskólnikov se había enamorado de Sonia y la prostituta, por ejemplo, necesitaría escapar de una mafia que traficaba con mujeres. Raskólnikov ayudaría en todo lo que pudiera a Sonia para sacarla de ese mundo. Pero ella al estar falsamente en deuda con esa mafia ellos amenazarían con matarla. Este chantaje haría que todas las noches la prostituta escribiera en su diario frases en caso de que le arrebataran la vida. Si al final lográis matarme, diría, habrá sido después de pensarlo mucho, cabrones. No habrá sido fácil quitarme la vida y en el caso de que así sea será siempre gracias a unas inteligencias al servicio de la maldad. La maldad a secas. ¿Pero acaso se puede llamar a eso inteligencia? Cómo fastidia utilizar esa palabra tan fascinante como es la palabra inteligencia para mezclarlo con la maldad. ¿Queréis salir impunes? Vuestros actos, decía, no dignificarán vuestra inteligencia. La vuestra será una inteligencia malograda. Porque matar en el fondo nunca fue un acto propiamente inteligente. No al menos en vuestro caso. Me mataréis, acababa siempre, pero antes o después se sabrá la verdad. Mientras, Ralkólnikov observaría en la mesa de la cocina a Sonia escribir en la penumbra. Y sentiría su sangre congelada en las venas.  ¿Y si Sonia le faltara algún día para siempre? ¿No había hecho él acaso lo mismo que ahora temía cuando asesinó a una anciana? Pintaré a Raskólnikov, pensaba ella, atormentado por completo con esas preguntas.

Se acercaban las vacaciones y había un vecino que le inspiraba especialmente para recrear el amor entre Sonia y Raskólnikov. Le había llegado la voz de que ese vecino del pueblo al que recientemente había llegado para trabajar en un instituto había matado a una anciana años atrás. Le llamó la atención esa casualidad y cuando el primer día de su llegada le cruzó por la avenida principal del pueblo mientras paseaba desorientada el rostro de ese hombre reflejaba el paso por la cárcel. Le inspiraba miedo y a la vez una enorme curiosidad. Sus facciones le enseñarían cómo debía pintar esas viñetas, se había dicho. Ahora bien, no le gustó nada cómo le miró el vecino y no dudó en decírselo a su novio.   

Y un miércoles, después de pasar todo el día en el instituto pensando en el momento de llegar a casa y ponerse a pintar a Raskólnikov atormentado -yo sólo quiero pintar y enseñar dijo ella una vez a su madre- se dio cuenta que le faltaba aguarrás. Debía comprar aguarrás sin falta a la vuelta de su hora de footing. El footing le ayudaba a despejarse para entregarse mejor a la pintura después por la noche. Era su momento más preciado del día. Pero antes de que llegara ese momento se dirigió a la puerta de su nueva casa en zapatillas para salir a hacer footing. Y para su sorpresa cuando salió se encontró con ese enigmático vecino en la puerta. Aprovechó entonces la circunstancia para intercambiar unas palabras con él y así ver su rostro de cerca mientras escuchaba el timbre de su voz. Le fascinaba coger ideas para sus trabajos mientras robaba rostros, ángulos y luces de su día a día. El vecino amablemente se dispuso a seguir la conversación. Hacía días que se había fijado en la inocencia y vitalidad de la chica y la deseó de forma fatal. Quería que ella como todas las mujeres fuera suya. Eres el hombre de mi vida quería él escuchar en boca de todas las mujeres del mundo. Sin duda en esa breve conversación Bernardo –así se llamaba el vecino- le iba a enseñar a Laura todo cuanto necesitaba aprender para pintar a Raskólnikov y Sonia esa noche. Ella amaba el arte. Pero desgraciadamente aquel día el arte no le pudo salvar como sí lo hacía por las noches. Quizá estas palabras la salven al menos del olvido.   

Fotografía: Werner Bischof, 1954. Fuente: Magnum Photos. 

viernes, 7 de diciembre de 2018

Igande arratsaldeko euriaren ama naiz


Aterkiek eta astelehenek amankomunean asko zutelako edo euriaren usainak umorea aldatzen ziolako, bere aterkia poltsan bilatzeko keinuak bihar astelehena zela gogorarazi zion gabardina beltzeko emakumeari. Igandero bezala, bere amaren etxera ailegatzeko bizikleta aparkatzen ari zen emakumea. Presa sartu zitzaion zaparrada baten erdian aurkitu zenean. Kaleak hutsik eta goibel ageri ziren pipitarik gabeko ekiloreak bezala, notarik gabeko pentagramak bezala, usainik gabeko egunkariak bezala. Bidean aste berriak zer ekarriko zion errepasatu zuen pauso bakoitzak ideiak ordenatuko balizkio bezala. Bere gustoko dendan geldiunea egitea ahaztu zitzaion eta aterkia zabaldu bitartean, euriak sorbalda eta melena busti zizkion. Politikariek euria debekatuko lukete ahal balute, pentsatu zuen erdi apurtuta zegoen aterkiaren koloreei begira. Kontsumoa sustatzeko erabiliko lukete, hiritarren aldartea manipulatzeko, ekonomia global batean eskuhartzeko. Horregatik eguraldian agintzea gustatuko litzaieke askori. Eta kaleko baldosetan igande bustiaren atzetik aste berri bat zetorkiola ikusi zuen emakumeak. Beste aste beltz bat, esan zuen aterkiko arrosak eta naranjak begietatik sartzen zitzaizkiola. Astelehena, nagusiarekin bilera. Asteartea, urteko aurrekontuen onarpena. Asteazkena, ikastaro berri bat. Baina betebeharrak betebehar, une horretan nola gorrotatu euriaren musika aterkiaren kontra?

Eta emakumeak lurreko putzuak ekiditen zituen bitartean, gizon bat gurutzatu zen bere bidean. Gizonaren pauso indartsuek oraingoan galtzak busti zizkion emakumeari eta hezetasunak bere gorputza zeharkatu zion. Orduan kalanbrearen antza zuen hotzikara batek igande arratsaldeko pentsamenduak inauguratu zituen. Euria erruz ari zuen baina giro epela zegoen pentsatzeko. Zaparradaren intentsitateagatik oinak bustitzen hasi zitzaizkion emakumeari. Baina igande arratsalde euritsuetako  pentsamenduei zor diegun errespetuagatik ez zion horri erreparatu. Donostiako euria Moscú hiriko elurra bezala da, pentsatu zuen emakumeak. Hausnarketa libreenak eta askeenak eragiten dituzten igandeak euritsuak dira askotan. Pentsamenduen benetako muina ezagutzera eramaten gaituzte. Eta zein euri da tristegoa? Igande arratsaldetakoa ala astelehenetakoa? Zein da poetikoena? Euriaren umoreari buruzko hauskarketa horrek asteleheneko betebeharrak burutik kendu zizkion. Igande arratsaldeko euriarekin sentitzen zuen askatasuna ez zuen ezerekin sentitzen. Igande arratsaldeko euriaren ama sentitzen zen horregatik.  

Zerutik erortzen zen urak pentsamendu ilunak garbitu zizkion emakumeari eta pausoz pauso kalean behera egin zuen. Gurutzatu berri zuen gizonaren zigarro keak oraindik aurpegia kolpatzen zion. Baina keak gizonari jarraitu zion eta gizona atari batean sartu zen zaparradaz babesteko. Zigarroari kalada berri bat eman eta atariko atera katiuskak jantzita zituen nerabe bat iritsi zen. Bere aurikularretatik I Put A Spell On You abestia iristen zitzaion. Etxebizitza horien ondoko plazan itxaroten zegoen bere mutilagunarengana zuzendu zen eta elkartu zirenean aurikularrak kendu zituen neska gazteak. Elkarri esateko guztia musu batean gordeko balitz bezala musu eman zioten elkarri plaza erdi-erdian zegoen goxoki dendaren ondoan. Hiriko eta munduko azken neska eta mutila ziren igande arratsalde euritsu hartan. Bikotearen musua munduko libreena zen. Vals bat dantzatzen hastea bakarrik falta zitzaien eurek rap doinu bat aukeratuko luketen arren.

Eta musika toki guztietara iristen zelako, Bach-en musika entzuten hasi zen auzo horretako etxe bateko egongelan. Agureak irakurtzen ari zen liburutik begiak altxa zituenean bat batean egongelako leihotik musu bat ikusi zuen. Bikote gazte batek elkarri eman zioten musua. Plaza huts-hutsik zegoen baina bikotearen musuak zerbait bete zuen enparantza horretan, egongela hartan, mundu osoan. Euriak neguko piszinak sortzen ditu, pentsatu zuen agureak. Umeak bainatzen ez diren jostailuzko igerilekuak. Plaza honek gaur bezelako igande arratsalde euritsuetan plastikozko piszina baten antza du. Itsasotik gertu dagoen plaza, piszina, putzu handiak gris ezin ederragoak erakusten zituen. Eta agurea nerabe batzuen musuekin distraitu zen leihotik begira. Ezpain gazte haien goseak urteak kendu zizkion eta plaza hartan lehenago gris koloreak zirenak gero zetazko dirdirak bilakatu ziren aintzira batean. Bat batean bikotearen ondotik gizon handi bat igaro zen korrika. Euriak zigarroa itzaltzen zion keinua egiten zuen eskuarekin. Bikotearen ondotik igarotzean begirada altxatu zuen eta musuak irentsi zituen zigarroaren keak birikak betetzen zizkion bitartean. Orduan aterki koloretsu bat agertu zen agurearen begietan eta irakurtzeari ekin zion berriro.    

Euria ari zuen. Zerutik ez ziren goxokiak eta txokolatinak erortzen. Gianni Rodari oker zegoen. Ez zuen arrazoia, pentsatu zuen agureak liburuan begiak berriro jarriaz. Idazle italiarrak Telefonozko ipuinak liburuan lainoak azukrez eta kakaoz beteta zeudela iragartzen zuen. Ez, Gianni. Zerutik euria gogoz jausten zen. Zaparrada erdian ahoa zabalduz gero ez zen hau zorion pizgarri eta goloso batez betetzen. Asteburuetan bereziki desatsegina zen hura. Ez, larunbatetan ere ez zituzten zeruko balkoietatik goxokiak botatzen. Ez zen inor betaurreko beltzak jarrita zeruko galeria grisetan deskapotable batean goxokiak jaurtitzera irtetzen. Promesa hutsak ziren horiek. Errege Magoak urtean behin bakarrik ateratzen ziren goxokiak botzera. Eta ez noiznahi. Astean zehar ezezik, larunbat goizetan ere busti egiten zuen euriak. Ez, halako igandetan ere euria euria zen. Egongelako leihotik zeruak negar egiten ikusten genuenean. Eta honek gure planak apurtzen zituenean. Gianni Rodari-ri hori leporatzen ari zitzaionean tinbrea entzun zuen agureak. Alaba zetorkion bisitan. Hori bai zela benetako txokolatezko euria. Orduan bakarrik kolpatuko zuten egongelako kristala kakao-tanta miragarriek.

Argazkia: Peter Marlow, 1985. Iturria: Magnum Photos. 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Baina bizitzak ez nau oraindik haizeak hautsa bezala eramango


Erahiltzen nautenean ez dute antzemango erahil nautenik. Nire janarian edo edarian pozoina jartzen dutenean izango da. Kotxe batek harrapatzen nauenean. Sikario baten eskuak odolez zikintzen direnean. Tortura baten ametsgaiztoa ezagutzen dudanean. Pistola baten disparoa eta gero nire belarriek ezer entzuten ez dutenean. Edo ironiaz Virginia Woolf omenduz ibai batera nire abrigoan harriak ditudala botatzen nautenean. Nire buruaz beste egin dudala emanez.

Gas isurketa batek betirako lo uzten nauenean gertatuko da. Anestesistak ebakuntza batean adostutako hutsegite bat izaten duenean ni berriz inoiz ez esnatzeko. Edo hospital publiko batean erditzen dudanean odol gehiegi isurtzen dudanean. Parranda baten ostean norbaitek labana sabelean jarriko dit, agian. Eta lapidazio batek akabatuko nau. Edota botikari anker batek prestatutako burundanga spray baten ondorioz nire buruaren jabe eurak egingo dira. Eta atentatu yihadista batek eramango nau. Hori dirudiko du, behintzat. Istripu bat izan dela. Bestela sute batean harrapatuta geratuko naiz. Bahiketa eta bortxaketa baten ostean hiltzea tokatuko zait. Nire gurasoei tamalez beltzez janztea baino ez zaie geratuko. Bizitzako azken plazer iturria moztea lortuko dute. Agian oraindik asmatu ez duten moduan. Eta azkenean beraien helburua erdietsiko dute. Argi bat betirako itzaltzea. Hori udako egun eder batean itsaso gris batek irensten nauenean izango da.

Gauero lo hartzen dudanean hil egiten naiz. Baina zorionez ez oraingoz aipatutako modu krudeletan. Testigurik gabeko erahilketa bat gertatzen da nere logelan gauero. Mesanotxeko argi txiki hori itzaltzean izaten da. Ilargia gaua zaintzera irtetzen denean. Hiltzailea ez dut ikusten baina beti berdin jokatzen du. Ni hiltzearen lan zikina egitea ez zaiola axola, antza. Gustoko ditu lan zikinak. Badirudi berarentzat erahiltzailea izatea ohore bat dela. Gauero nire begiak putz eginda ixtea jolas bat dela. Jolas dibertigarri bat. Alegia, ia eskertu egin behar dudala berak ni erahiltzea. Norbaitek zure begiak putz eginda ixtea erromantikoa dela. Martiri bat izatea. Baina nork egiten die putz nire begiei?  

Nire hiltzaileak egunean zehar gaua itxaroten egoten dira. Maite dute egunean zehar ni gauera nola pixkanaka-pixkanaka iristen noan ikustea. Hilketa geldo baten agonia ikuskizuna da beraientzat. Gaueko erahilketa horren azken detaileak planifikatzea gustoko dute. Min handiena nola lortuko duten aztertzea. Biktima nola aztarnarik utzi gabe deshumanizatu dezaketen ideatzea. Planifikazio horretan anfora bat izaten dute ondoan. Anfora horretan niri egunean zehar agortzen zaidan energia gordetzen dute altxor bat bezela. Hor babesten dutena baita ni hiltzea errazten duena. Nekea, alegia. Nekearen tanta bakoitza. Izan ere, eguneko lanorduen nekeak hiltzen nau gauero. Eta neke horren gudariek bai esaten bakarrik dakite. Emakume hori hil? Bai, erantzuten dute. Gaur gauean egingo dugu hori. Hori da, erantzuten du jefeak. Honela egiaren eta justiziaren zerbitzura lan egingo duzue. Neska hau bezalako langileak gauean hiltzea ez al da oso bidezkoa?  Hiltzaileek eta jefeek oraindik ez dakite egun batean “zer egin dugu?” esango dutela. Oraindik ordea irratiko esatarien ahotsa imitatzen dute ni egunaren bukeran agortzen noan heinean. Horregatik, inportanteak sentitzen dira gauero. Sinistu egiten dute beraien lana. Ordaindu egiten diete gainera.

Hil eta gero ordea jaio egiten naiz. Zortzi orduko lanaren nekea pisutsua bada ere, mirariak existituko balira bezela, loak zama hori arindu egiten du. Hurrengo egunean indarberrituta esnatuko naizen egiak ez dit hutsik egiten. Eta dena hobeto ala okerrago berriro hasten da. Loaren azken tantak agortu egiten dira eta anfora hori berriro izerdi tantarik gabe hutsik jartzen da. Egun berri batera jaiotzen naiz. Badakit edozer gerta daitekeela. Dena posible dela. Gaur ere argitu du, xuxurlatutzen dit ahots batek ohean. Eta egunsenti batek nire begiak konkistatzen ditu. Berriz ireki dira. Gertatu da miraria. Begiak zabaldu egin dira betazal hauek nahi ala ez. Edo nire maitalearentzat ni lo ikustea eguneko saririk onena bada ere. Goizalba iritsi da, esaten dit maitaleak edo iratzargailuak. Gaur aukera berri bat duzu.   

Maitaleak edo iratzargailuak esnatu, goizeko zazpietan batzuetan maindireak desiratzen ditut gehien. Horrela gertatu ohi zait niri astegunetan behintzat. Esnatzeko momentua nahi baino lehenago iristen denean. Beste egun batez, beranduegi lokartu ginela jabetzen garenean. Ez, gaur ere ez dituzu zortzi ordu lo egin, leporatzen dit iratzargailuak. Tori merezitako zigorra. Horra hor gaua maitaleena den ekuazioaren emaitza borobila. Egun osoan zehar airean borobilak eginez ibiliko zarela. Aho zabalka igaroko duzula eguna. Hori jakinda, iratzargailuari bost minutu gehiago eskatzen dizkiot jaiki baino lehen. Eta azken bost minutu horiek gau osoko minutu gozoenak izaten dira. Esnatu aurreko segunduen atzerako kontaketa hori. Bizitza berri batera iritsi aurreko momentua. Bost minutu gehiagorekin nahi adina lo eginda bezala jaikiko naizela sinesten dudan momentua. Gaueko azken bost minutu horien emankortasunak adorea ematen du edozertarako.

Baina zer izango ote dira orduan gaueko azken bost minutuen ordez, bizitzako azken bost minutuak? Hori galdetzen diot nire buruari logelako iluntasunean. Egunaren hasieran, ez dakit zergatik,  bizitzaren bukaeran hausnartzen dudanean. Azken bost minutu horietan. Nola amaituko da dena? Nire bizitza zuzentzen duen gidariari galdetzen diot. Iratzargailu maltzurretik baino maitale sutsutik gehiago eduki dezan erregutuz. Ez nazazu haizeak hautsa bezala eraman.  Oraindik ez. Eta horrela egunari ekiten diot.       


Argazkia: Larry Towell, 1994. Iturria: Magnum Photos.