jueves, 7 de julio de 2016

Todo lo que sube, baja



Cuando llegan las vacaciones es como si el mundo recuperara sus colores más vivos y brillantes. El verano en forma de libro se abre golosamente con toda la luz estival y nos sumerge en la maravilla de tener tiempo y que el propio tiempo nos acompañe en ese buen vivir. La lista de deberes en nuestra agenda se transforma en la enumeración de todo aquello que llevaremos en la maleta a nuestro destino de descanso. La tensión de todos los días se convierte en el gusanillo previo a un esperado viaje. Y te despides de los compañeros del trabajo hasta la vuelta. Mentalmente parece que os decís adiós para siempre. Es secretamente vuestro deseo más profundo. Es decir, que el tiempo en vacaciones pase tan despacio que parezca eterno y que un océano o una galaxia se interpongan entre vosotros. El instante en el que empieza ese ciclo veraniego se saborea con algo parecido al éxtasis que es necesario diseccionar. ¿Qué ocurre cuando esa órbita extática culmina?

La sonda Juno ha llegado después de 5 años (¡y gracias a la energía solar!) al planeta Júpiter y ya está en la órbita del mayor planeta del sistema solar. Los responsables de la misión también celebraban el logro naturalmente con un gran júbilo. Habrán pasado el tiempo que ha durado la misión con los pies difícilmente en la Tierra porque el corazón y la cabeza los tenían en Júpiter. Y al redondear el proyecto con la llegada de Juno su sueño hecho realidad ha provocado un estallido de placer. Ese gozo en la NASA sin embargo no es sino el comienzo de otro viaje de vuelta. El del trabajo que implica, por ejemplo, recoger los datos de un proyecto de tal envergadura. El del instante en el que la cabeza deberá regresar irremediablemente de nuevo a la Tierra. El caos que se ha organizado en los aeropuertos –no con la NASA- sino con la compañía Vueling ha creado emociones con órbitas muy diferentes. La furia y la desesperación se han instalado en los pasajeros de Vueling como bacterias que hacen enfermar el comienzo de las vacaciones justo cuando al parecer da comienzo la fiesta vacacional. ¿Será quizá un recordatorio?

En la antesala de las vacaciones y ante la vida, es sabio desconfiar de la euforia ante un gran acontecimiento;  como también es sensato no dejarse convencer por el sentimiento de abatimiento cuando tenemos un gran disgusto. La vida se camina en ese serpenteante baile en el que no hay que dejarse llevar por esas emociones extremas si bien eso no signifique que no existan y que no haya que vivirlas. Es sano para ese travieso baile sin embargo,  no quedarse en manos de Don Bajón, ni –cuidado- tampoco caer en la seducción de Don Subidón. Encontrar ese gozoso equilibrio en el que eres menos influenciable por las circunstancias te hace más dueño de ti mismo y eso sí que se convierte –aunque parezca paradójico- en algo sublime de verdad.


Coger las vacaciones y despedirnos del trabajo es el inicio del siguiente camino. El sendero de la preparación para la vuelta. Por eso conviene despedirnos del entorno laboral sin ese sentimiento de liberación que es ciertamente peligroso. De la misma manera, se recuerda que al discutir con alguien hay que hacerlo a sabiendas de que llegarás a hacer las paces con él algún día. El montañero que llega a la cima ha vivido esta experiencia de manera muy carnal. Después de hacer cumbre en el Everest empieza lo peor y lo decisivo para un prudente alpinista. Tener presente que todo lo que sube también baja nos hace más libres. ¡Felices vacaciones!

Fotografía: Helbert List.

viernes, 1 de julio de 2016

Ejercicios de autoestima después del Brexit



Veremos cómo avanza el divorcio entre Reino Unido y la Unión Europea con ese sonido efervescente que nos aporta la expresión tan típicamente británica Brexit. Si permitimos a la imaginación su libre ejercicio asociativo, bien podría dicha palabra emplearse para una bebida gaseosa, una compañía aérea de bajo coste, o quién sabe, para unos chicles de explosivo sabor. Y, como cabe pensar, de manera explosiva es también como quizá sonará el teléfono entre Londres y Bruselas. Quién sabe si hablarán con flema o sin ella, si estará presente o no la diplomacia. Pero teléfonos aparte, ante nosotros el drama y la comedia confluyen en el teatro mediático. Y, la situación se presenta con la peligrosidad de un divorcio no amistoso en la que la ironía sarcástica inglesa puede hacer mucho daño.

Sin llegar al divorcio, pensemos en esas parejas cuyos rostros han ido asemejándose poco a poco hasta sorprendentemente parecerse con el tiempo. Como si el mirarse mutuamente día tras día fuera una erosión en la cara que acabara dando forma al rostro según el modelo facial de la pareja (y a veces incluso del perro). Todos conocemos esos matrimonios fusionados también en las facciones del rostro. Pero no hace falta llegar al altar para asemejarse en el mapa de la cara. Si lo pensamos, muchos de nosotros nos mimetizamos en la manera de vestir, hablar y vivir. La moda por ejemplo nos enseña que necesitamos mimetizarnos para sentir que somos parte del grupo, en este caso, de la sociedad. Por eso permitimos a la industria de la moda que decida por nosotros a la hora de vestir renunciando, al menos en parte, a nuestra autonomía expresiva. Al poder de decidir por nosotros mismos sobre cómo queremos presentarnos ante los demás y por supuesto, ante nosotros mismos. Nos gusta copiar la estética, el vocabulario o el estilo de vida. Por eso, se requieren grandes dosis de personalidad para no dejarse llevar por ese mimetismo. Adoptar la apariencia del entorno es otra forma de moldear nuestros gustos y al menos a veces no renunciamos del todo a la autonomía porque sí escogemos algo: a quién imitar.

¿Y a quién imitan los británicos? Salta a la vista que no se dejan modelar según el resto de la UE cuando hablamos, por ejemplo, de los enchufes o de las libras esterlinas. Pero si dejamos los tópicos aparte, no hay duda de que Reino Unido sería -en nuestra imaginación- una de esas damas que va pisando fuerte cuyo rostro no se parece al de su marido, en este caso, exmarido. Destacarían en ella el carácter o la seguridad en sí misma que bien podría a veces confundirse con el ego y las ganas de llamar la atención. Una personalidad arrolladora perfumada con el miedo a que no la vean o escuchan lo suficiente. Sería, no me negarán, una mujer escéptica en el amor porque se bastaría sobradamente con ella misma. Su máxima aspiración en la vida no sería, desde luego, entregarse a un hombre porque eso lo asociaría con la debilidad. Es la razón por la que esta mujer se casaría, en parte, pensando siempre en la abierta posibilidad de divorcio en caso de verse atrapada y decepcionada en su matrimonio. No sería por tanto una estoica esposa dispuesta a aguantar ilimitadamente a su marido.


En una reciente ocasión vi a una mujer lanzando un beso al espejo de una abarrotada estación de tren. Es decir, la mujer se regaló a ella misma un desvergonzado beso ante su reflejo en el espejo acompañado de un gracioso guiño. No sabemos qué intención había detrás de ese furtivo beso. Pero, ciertamente, me pareció un curioso y original ejercicio de autoestima. Ser el mejor amigo de uno mismo es la primera lección que deberíamos aprender para la vida y la mujer parecía en sintonía con esa máxima. No debemos olvidar que la persona que cultiva esa leal amistad consigo misma es la que mejor capacitada está para una posible relación. Quién sabe si aquella simpática mujer intentaba rescatar con aquel beso a su mejor amiga, es decir, a ella misma. Imaginen por un instante, que la mujer se encontraba sencillamente en el duro proceso de un divorcio  que la había dejado moralmente exhausta y que esa dama cuyo rostro reflejaba el espejo -y no se había fusionado con el de su marido-  era Reino Unido.  

Imagen: Chema Madoz

viernes, 24 de junio de 2016

El verbo subyugar



¿Subimos y bajamos del cielo? Así es como hablamos cuando en mi casa nos proponemos comer un poco de chocolate. El cacao nos transporta al mundo celestial y por eso sentimos que casi se acarician las nubes cuando tomamos ese manjar de los dioses. De hecho, el nombre científico del árbol del cacao confirma este símil con el más allá pues toma de la palabra griega Theobroma -que viene a significar “alimento de los dioses”- la denominación para este alimento sagrado.

Me cautivaba los sentidos. Era un arrebato escuchar la historia de Charlie y la fábrica de chocolate de Roald Dahl con mis oídos de 9 años. El primer libro que compré en una librería fue precisamente este donde Willy Wonka se parecía casi a un dios con las llaves de la eternidad. Corrí poseída por el chocolate Wonka a la librería de mi pueblo para comprar con mis ahorros el libro que nos leía nuestra maestra en clase. Amaba el instante en que Charlie comía un trocito pequeño del chocolate Wonka y olvidaba la pobreza que le rodeaba al mirar el mundo bajo el efecto embelesador del cacao. Le hacía soñar, le hacía seguir, creer. Era el elixir de la esperanza. La chocolatina que le regalaban por su cumpleaños le duraba mucho tiempo al comerlo trocito a trocito como si fuera la dosis justa para la joie de vivre. Aquella primera compra fue el primer síntoma de una larga enfermedad con las librerías. Hoy en día sigo padeciendo esos impulsos que me llevan a las tiendas de libros para poseer un libro entre mis manos. Esos momentos son de alguna manera otras formas de subir y bajar del cielo, alcanzar la eternidad en tanto que los buenos libros afortunadamente no se acabarán nunca.  

El verbo subyugar es perfecto para asociarlo al chocolate y también a los libros. Hablo cuando el chocolate te hace suspirar y trascender tu propio cuerpo. Y es que es similar al estado después de leer un buen libro. Cuando decimos que un libro nos ha gustado está muy bien. Ahora bien, cuando decimos que nos ha subyugado es como si dejaras de ser la persona que eras. Sales de tu cuerpo para después regresar. Diríase que estar subyugado es igual al estado después de un viaje en el extranjero. Algo ha cambiado en ti.  El chocolate evoca también ese viaje cuando dejamos que el cacao nos lance a una fuga de placer. Recordemos que el árbol del cacao surgió en la cuenca del Amazonas al necesitar del calor y la humedad para dar fruto. Los países colonizadores lo llevaron a sus colonias para hacer plantaciones que hoy en día marcan el cinturón del cacao con la línea del ecuador. Pasajes era el puerto de llegada de La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas que hacía llegar el cacao desde el Puerto de La Guaira en Venezuela entre 1730 y 1785.

Hoy en día, el chocolate bien refleja la realidad de una parte del mundo ya que los países productores de cacao son, sin lugar a dudas, los exiliados del placer chocolatero. Y es curioso que aquí sea también paradójicamente un exilio (pero) instantáneo lo que buscamos cuando lo comemos para evadirnos de las penas que se reparten igualmente entre los ricos. Sin embargo, los humildes recolectores trabajan en la recogida de algo cuyo sabor verdadero desconocen. Desconocen qué es el derrite del chocolate en la boca, el sabor pegadizo en el paladar después de comerlo, la mágica mezcla que supone mezclar el cacao con el azúcar. No se imaginan qué es esa experiencia. Por eso se dice que el chocolate lo comemos los ricos gracias a las penurias de los pobres que recogen esas preciadas mazorcas. En esto podríamos decir que radica la amargura del cacao antes de mezclarlo con el azúcar en un país desarrollado. En la conocida fábrica de chocolate Zahor de Oñati trabajó Antón Azpiazu antes de crear un Centro de Interpretación del chocolate en Oñati. A él le escuché la historia de un africano que trabajó desde niño recolectando cacao hasta que emprendió un viaje de cuatro años andando hasta el estrecho de Gibraltar para llegar después a Bilbao. Jamás había probado, claro está, el chocolate. Por eso dijo “tanto sudor, tantas lágrimas, tanta sangre para probar el chocolate” al degustar el manjar divino. Medio mundo suspira por su sabor, la otra mitad (o más) sufre por hacerlo posible.  Los escritores entienden, sin lugar a dudas, este duro trabajo muy bien. Su trabajo artesano con las palabras es también, muchas veces, diabólico hasta llegar a acabar el proyecto. De ahí que nuestro cielo al comer chocolate o al leer se cocine en el infierno de otros. He aquí el alcance del verbo subyugar.

En la imagen: el puerto de Pasajes. 

viernes, 17 de junio de 2016

Ni ez naiz Elena Ferrante



Orain arte zalantza izpiren batek egonezinda utzi izan bazaiztuzte ez kezkatu gehiago. Neronek diotsuet.  Ni neuk konfirmatzen dizuet ez dagoela dudarako ezbairik. Lasai lo egin dezakezue, argi eta ozen baztertzera noa eta zuen susmoa. Ni ez naiz zuek pentsatzen duzuena. Liburu horiek idazten dituena. Are gehiago, ez dut bere literatura ezagutzen. Bere idazkera. Eta aitortu behar dut eskaparateetan ondotxo erakartzen nautela bere liburuen izenburuek eta portadek. Emakume (edo gizon) honen inguruan sortu den mitoak olioz blaitzen ditu liburuak maite dituzten nire eskuak. Baina berriro diot nik ez dudala, adibidez, Adiskide paregabea liburua olio aromatikoetan irentsi. Nola liteke, orduan, zuek ahopeka eta ezkutuan pentsatzen duzuena? Bere libururik irakurri ez badut, ondo pentsa daitekeen bezala, nola idatziko nituen? Horixe bertan da, beraz,  esatera noanaren frogarik fidagarriena. Ni ez naiz Elena Ferrante.

Misterioa da pertsona bati lotu diezaiokegun atributo adiktibo eta iradokitzaileena. Sekula asetuko ez duzun desertuko egarri larri eta infinitua. Pertsona misteriotsu batetiko sentituko duzu kuriositate sutsu eta desesperatua. Desira kitzikatzaileena. Beti gehiago jakin nahi. Dakizuna beti da gutxi. Behar hori asetuko duen plazer isilak aurkituko zaitu noizbehinka. Baina gozamen hori tanten dosifikazio jakintsuak elikatuko du. Esaten da Elena Ferrante Italian jaiotako emakume edo gizon baten pseudonimoa dela eta ederki gordeta dutela bere editoreek idazlearen anonimatoa. Misterioa  Italiarekin nahaspilatzen da horrela. Lurralde horretako artearekin, amestera zaramatzan edertasunarekin eta argiarekin. Koktel indartsu hau, tentazio guztiak piztuz, bertako zaporeekin fermentatzen da eta ardo ezin goxoagoak sortzen dira. Eta benetan eta zeharo mozkortzen zaitu idazle batek piztu dezakeen jakin-minaren espezie pizgarriak, zure burua flotatzen utziko duen edariak. Baina beti tantaz tanta.

Elena Ferrante idazleak ondo toreatu ditu argitaletxeak. Hauek dira, izan ere, liburu bat argitaratzean idazleak bidaia komertzial nekagarrietara behartzen dituztenak. Elena Ferrantek, ostera, idazketaren zati golosoena dastatzen du: idatzi eta idatzitakoaren harrera beroa jaso zulotxo lotsati batetik begiratuz. Ez elkarrizketa, ez hitzaldi, ez sinaketa, ez argazkirik. Eta aldi berean hainbat printzipio gogoraraziz ere bai. Kasu honek erakusten baitu literatura eta orokorrean sorkuntza zer den bere muinean eta zer ez. Alegia, idazleari edo artistari utzi egin behar zaiola bere lan bakartian mina arnas bilakatzen. Ferranteren kasuan, idazle honek demostratu du bere bakardade isila dela lanaren motoreaz gain, bere marketing kanpainaren lelo bikainena. Jarrera diskretu hori  idazle mediatikoekin kontrajartzen da. Eta Ferrante, buru-belarri, arteari entregatuta imajinatzen dugu eta ez beste ezerri.


Bere obra bat euskaratuta dago. Eta ederki kateatu dira hortaz idazlearen aura misteriotsua eta nondik datorren ez dakigun hizkuntzarena. Karanbola bitxi honek misterioa zein indartsua izan litekeen azpimarratzen digu. Pertsona bati buruzko datu gutxi batzurekin garunak gaztelu ikaragarriak eraiki ditzakeela. Italiakoa izanik Ferrante –hala bada behintzat- nik bere liburuak inspiratzen dituzten -gazteluak ez- iturriak ditut presente. Honela, idazlearen iturri literarioek Italiako bestelako iturri liluragarriekin bat egiten dute nire garunean. Adibidez, Fontana de Trevi bezalakoak  horrelako idazle baten inspirazio eta emankortasunarekin parekatuko nituzke. Ahoak zabaltzen dituen artearekin. Ikusiko-al-dut-berriro-hau-nire-bizitzan pentsatzera eramaten zaituzten obrekin. Bizitzan behin gertatzen diren momentuekin. Hasieran esan dizuedan bezala, Elena Ferrante izenaren atzean aurkituko ez nauzuela argi uztera nator. Nire hitzak, horregatik, ez datoz Fontana de Trevi ederretik. Are gutxiago nire idazkera. Oso bestelako iturri batetik jausten dira nire ideiak. Herrixka batean, parkeko haurren jolasen artean, euren egarri izerditsua asetuko duen iturri xume batetik. 

Argazkia: Elliott Erwitt. 

viernes, 10 de junio de 2016

El camino al curro


El camino que recorremos para ir a trabajar se instala sin darnos cuenta muy dentro de nosotros y toma una parte de nuestro ser para siempre. Lo digo ahora que falta poco para que nos despidamos por un tiempo de recorrerlo. Para algunos afortunados llegan poco a poco las vacaciones. Una temporada en la que no deseamos ver ese recorrido ni en pintura al querer desprendernos de su relación con el trabajo. Pero ese camino está poblado de un universo tan nuestro que incluso nos acompaña cuando no lo atravesamos.

Pienso por ejemplo en la ocasión que nos brinda ese trayecto para deleitarnos con la belleza. Sin lugar a dudas, esa ruta nos da la lección –también cuando no nos pertenece más- de que todos los días, incluso en la pesadez de la rutina, tenemos un instante en el que la vida nos sorprende con algún espectáculo. Si hacemos un repaso de ese itinerario tan cotidiano nos daremos cuenta que en algún momento los ojos de todos buscan esa escena que tanto nos asombra mientras –deprisa o tranquilamente- queremos llegar a nuestros puestos. Ese bonito momento de todos los días surge como una recompensa del deber cumplido y de alguna manera transforma el camino al curro en paseo. Hagan un repaso de todos los caminos al trabajo que la vida les ha otorgado y de todos ellos recordarán algo con una gracia que les hacía más llevadera la carga del lunes.

Si hago memoria recuerdo por ejemplo “el deber” de recorrer el paseo de La Concha para acudir al trabajo o de, ahí es nada, cruzar el mismísimo Nervión. Ante estos marcos parece que todo se queda pequeño. Sin embargo, me refiero a la grandeza de lo pequeño cuando hablo de apropiarnos de esa vida que brota en nuestros ojos cuando divisamos lo bello. Esa hermosura que nos hace pensar que valió la pena levantarse un día más de la cama. Siempre me acompañará, en este sentido, la majestuosa cascada de un humilde río al que miraba todos los días. Era un ritual cada día que lo observaba dar gracias por semejante encanto, al lado de una sinuosa carretera con una preciosa cortina de árboles. Me hacía pensar en la fuerza de lo simple en la naturaleza, es decir, en este caso de los juegos de agua que tanto despiertan nuestra fascinación. Y, ¿existe algo más sencillo y bello que el agua que cae desde una altura?

Rescato de mi memoria otra joya que recibía como regalo cuando todos los días de madrugada en la lejanía distinguía el destello de la luz de un faro. Sentía desde el asfalto de la carretera la cercanía del mar de una forma mágica, con el encendido y apagado de ese resplandor, como si me fuera a proteger en los mares de la oficina. En otro itinerario, una grata pero muy diferente sorpresa matutina era cuando mi autobús hacía una parada en el lugar donde un chico especial para mí tomaba, a su vez, otro autobús que le llevaba al trabajo. Empezaba el día por tanto, con un pegajoso sueño que se iba cuando en la oscuridad de la marquesina “le veía” sigilosamente. ¿Era aquello un estímulo para soportar mejor el jarro de agua fría que era el despertador?

Otro aspecto clave en el amanecer de todos los días, es que nos muestra en nuestra ruta dónde está el este. Porque el lugar de donde salía el sol en otro de mis trayectos era un verdadero premio. Consistía en toda una ceremonia de la luz. Dos montes le daban entre ellos la bienvenida al sol y ese fulgor a su vez me alumbraba a mí en unos impresionantes amaneceres. La vida más tarde me recompensó asimismo con poder conducir el coche en una autovía con una privilegiada vista de otro conocido monte de afilado pico en la cima. Todos los días me preguntaba antes de verlo cómo se habría vestido ese día. Siempre estaba magnífico y diferente. Lo curioso fue cuando años más tarde mi ruta al trabajo me permitió mirar todos los días ese mismo monte pero desde una perspectiva tan diferente que casi resultaba irreconocible. Como la insinuación de que hay una sola verdad pero muchos caminos para llegar a ella. Esos otros ángulos me hablaban de la parte oculta de nosotros que cuesta conocer pero, sin duda, nos pertenecen.

En todos estos caminos, como en la vida, hubo de todo. Y recuerdo también la presencia de lo feo u obsceno en ellos, lo que de alguna forma pone piedras en la vía de cualquiera. Ahora bien, las piedras más pesadas son sin lugar a dudas, aquellas que nosotros mismos elegimos pegar a nuestros pies. Si nos encontramos a gusto en nuestro trabajo indudablemente vemos el camino mucho más bonito de lo que en realidad es. Esa es la razón por la que la pesadez se activa con frecuencia en la ruta al trabajo o tal vez, en el regreso a casa después de tragar muchas piedras durante una jornada laboral insatisfactoria. El camino al trabajo es una parte dentro un largo camino de la vida en la que lo importante, como dicen, no es llegar. En esas etapas diarias entre madrugones y prisas dirigirte al trabajo dejándote seducir por los detalles insignificantes será la mejor señal de que vas bien: sucumbir al misterio de esas personas que te cruzas todos los días y que nada sabes de ellas, al placer de la música que te acompaña y que siempre quedará asociada a ese paisaje que casi se mezcla con el sueño que tuviste un poco antes, a la extrañeza de las calles desiertas con una luz crepuscular, a la metódica costumbre de pasar por esa esquina todos los días a la misma hora, al gusto de escuchar el programa de radio mezclado todavía con el sabor del desayuno que, si entras a trabajar por las mañanas, te llama a la conquista de un nuevo día…

En la imagen: el monte Txindoki. 

viernes, 3 de junio de 2016

Artea



Bada Tahúres Zúrdos musika taldearen abesti berezi bat. Aurora Beltran abeslariaren ahotsak  erabat probokatuko zaitu urdin kolorearekin Azul deritzon abestian. Liluragarria da koloreek ikusmena eskatzen  duten arren, aipatutako abestiak entzumena nola konkistatzen duen kolore bati kantatuz. Belarrietatik bihotzera zuzentzen da Beltran urdin kolorearen poetikan kateatuz. Ez dakit abestia entzun eta gero liberatua sentitzen den bat edo, aldiz, urdinarekin zeharo hiltzatuta: nire ama hain da urdina dio letrak. Sukarra urdina da, nire ilea urdina da, nire hegoak, delirioa, nire ahotsa, garuna urdinak dira, hotza ere urdina da… Azul abestiaren letrak arte piktorikotik ere edaten du momentu batean: “Nire arropa eta bizitza margotu ditut koadro urdin batean”.

Artean murgilduz gero, berehala datorzkigu urdinarekin Picassoren lan goiztiarrak. Historialariek bere bizitza etapetan sailkatzen dutenean “Garai urdina” etiketarekin antolatzen dute aro bat. Bizitzako garai (urdin) eta triste batean zegoen orduan Malagako pintorea; artearen frekuentzian aurkitzen zen jada, baina aldi berean gaztetasunaren sentimendu bortitzei ihes egin ezinik. Aurora Beltranekin bat letorke Picasso “hotza urdina da” dionean. Urdinaren etapan kolore honen hoztasuna erabili nahi izan baitzuen Picassok bizi zituen beldurrak eta nahigabeak irudikatzeko. Dena urdinez zipriztintzen zuen eta bere garai honetako koadroek oso atmosfera berezia dute ondoren etorriko zen kubismoaren zantzuak bereizi ezin direla.

Kolore urdina tristeziarekin lotu dezakegula erakusten digu Picassok baina –eta hemen dator kontraesana- baita poztasunarekin ere. Gogora dezagun bestela “La joie de vivre” izenburua daraman koadroa. Bizipoza margotuta geratzen den Picassoren koadroan, kolore urdina horiarekin nabarmentzen da. Bizipoza urdina da, esatera behartuta legoke horrela Aurora Beltran bere abestian. Bizitza hiltzen duen zerbaitetik urruti geratuko litzateke hala urdina. Are gehiago, sormenaren kolore bezela ikusiko genuke. Hona hemen kolore honek nola korapilatzen gaituen bizipoza, delirioa, hotza, tristezia, edota aldi berean, bizitzarekin. Ideia hauek zerbait argi uzten dute. Alegia, koloreei ematen diegun esanahia erabat arbitrarioa dela. Koloreek ez dute berezko esanahirik, guk askatasunetik ematen dizkiegunak baino. Urdina orain izan daiteke feminitatea sinbolizatu dezakeen kolorea, ondoren maitasuna irudikatuko duena eta berandu baino lehen sufrimentuaren islada izango dena.

Koloreak erabiltzen dituen arteak amestera garamatza, arteak elikatu egiten gaitu, arteak bizirik sentirarazten du bat. Bere lenguaia, baina, arbitrarioa dela pentsatzeak absurdoaren parez-pare jartzen du bat. Handia dena txiki bilakatzen du nahi gabe. Horregatik, Beltranen abestiari jarraituz, hegoak edo garuna urdinak direla esatera eramaten gaituen ideia sorkuntza hutsa dela konturako gara, olatuak eramango duen hondarrezko gaztelua eraikitzea bezala. Berdin izan lirateke arrosak edo naranjak. Sorkuntza sinboliko hori liluragarria dela ez dago zalantzarik. Dudarik gabe, artearen mundura gonbidatu zintuen pertsona ezagutzea ere beste sorkuntza itzela den bezala. Zeren artea maite duen orok miresten du edertasunaren mundu horretara bultzatu zuen persona, dela unibertso horri buruz pasioz hitz egiten ziolako, dela obra ezagunen berri eman zionean astinduta sentitu zelako. Horregatik, edertasunarekiko sentsibilitatea piztu zizun pertsona zure memoriatik ezabatzea ezinezkoa da. Baina pertsona hori topatu izana, artearen sinboloen moduan, zerbait arbitrarioa al da? Absurdoa? Beste norbait izan zitekeen era beretsuan? Agian, zergatik ez, nahiago duzu honen beste irakurketa bat, hain zuzen, horrelako obrekiko sentitzen duzun zirrara patuak eman zizula. Zoragarria da pentsatzen jarrita, liluratzen zaituen koadro batek zu hunkitzeko egin duen bidaia luzeaz jabetzea. Gertakizun kate hori arbitrarioa edo absurdoa iruditu dakizuke, baita patuak idatzitakoa dela edo Jainkoak erabaki zuela. 


Zein koloreetakoa da artea? Beltranek urdina dela esango luke, agian. Bere ahotsak Azul abestian badu indarra, errebeldia eta sentsibilitatea. Artearen osagaia ezinbestekoak dira denak. Osagai hauek, ordea, zein kolore ematen duten batek daki. Bere kantak, baina, ez al zintuzke berdin harrapatuko adibidez gorri kolorearekin? Edo berdearekin? Sorkuntza kate amaigabe baten aurrean gaude eta joku horretan parte hartzen baduzu, konturatu gabe arteak bere korrontean irentsiko zaitu: artea ez da zurea izango, zu izango zara artearena. Bere berriemaile moduan hasiz gero Jainko txiki bat bezala sentiaraziko zaitu. Horrela agian, nork daki, zu egun batean beste Jainko handi baten esku geldituko zara eta norbaiti artearen min hori sentitzeko azala prestatuko diozu. Jainko txikiak eta Jainko handiak honela bat egingo duzue dantza berean. Orduan norbaiten memorian eta bihotzean itsatsita geratuko zara betiko. Honela, testigu bat esku batetik bestera pasatzea bezala, gezurren egien konplize bilakatuta, artea piztu zizun pertsona ekarriko duzu pentsamendura esker onez, nik orain bezala.   

Argazkia: Henri Cartier-Bresson.

viernes, 27 de mayo de 2016

Razones para vivir II




La justicia poética. Comer el cuscurro del pan al salir de la panadería. El que gana perdiendo. Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. Un niño en la playa. Las librerías. Nelson Mandela y su poema Invictus. Las tertulias después de comer. Los helados de cucurucho. El museo D´Orsay.  El “Viva San Fermín” el 6 de julio. Las aguas termales. Gianni Rodari. Una casa cubierta por una buganvilia. La agencia de fotografía Magnum. La serie Verano Azul. Un mapamundi. El comercio local. La Traviata, de Verdi. Un abuelo. Alguien que sabe estar solo. Las croquetas. El Estado del bienestar. Un cuadro con el título “Alegría de vivir”. Las cafeterías. El nacimiento de un río. Cuando en enero los días empiezan a alargarse. El poema Ítaca, de Kavafis. El sonido de la lluvia sobre el paraguas. Un gobernante con pensamiento a largo plazo. Ir en moto agarrada a alguien a quien amas. El bizcocho en el horno. Un médico. Las mujeres que quedan “para andar” y luego toman café.  

Crimen y castigo, de Dostoievski. Una beca. Las fruterías. El ser humano que es capaz de superar la muerte de una madre o un padre. Conocer la etimología de una palabra. Un viaje nocturno en autobús. El olor a eucalipto. Conseguir algo después de mucha fuerza de voluntad. Un amigo. La tormenta que sanea el ambiente. César Bona. Cuando duele la tripa de tanto reír. Los lagos. Salir de pintxos en Donostia. Las agendas. Mikel Laboa. La libertad de un periodista. Encontrar algo que dabas por perdido. Las muñecas de la infancia de una niña. Un banco de sangre. Cuando el desamor va tomando nuevas formas. La sensibilidad. Alguien que sale del armario. Una nariz de payaso. Ser ciudadano del mundo. Los colores de los artistas fauvistas. El Yoga. La elegancia del color negro. Los filósofos. Conducir el coche con la ventana abierta mientras escuchas música. Ir a un concierto. Viajar en tren. La historia del Mediterráneo. Un parto. La dama del perrito, de Chéjov. La ecología. Planear un viaje.  La pegadiza canción del verano. Los tratados de paz. La autoestima. E.T., el extraterreste, de Spielberg. Una clase de historia del arte. Dos viejitos de la mano. La mitología. El dibujo que te hace un niño. Tu perfume de siempre. El apartamento, de Wilder. Alguien que no se rinde. El profesor que no envejece en tu memoria. El día en pijama. Las hogueras de San Juan. Escuchar a alguien recitar un poema de memoria. El despegue de un avión. Esta tierra es mía, de Jean Renoir. La playa en invierno. Spotify. Perdonar y ser perdonado.

El asombro. Los viernes por la tarde. El panel grande de los aeropuertos con infinidad de destinos. La cultura como patria. Los campos de trigo. Johann Sebastian Bach. Escuchar a alguien hacer una buena argumentación. Un filántropo. Las velas. Cuando de pronto no sé dónde suena tu canción. Reuben Pantier y Emily Sparks en Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Los Reyes Magos. El sentido del humor. Las estaciones de esquí. El humilde. Un domingo electoral. El sonido del agua. Una pareja de novios cogidos de la mano. Los barcos de vapor. La editorial Acantilado. El incienso. Sorolla y la luz. El Tour de Francia. Las estrellas y sus constelaciones. La autonomía. Comer un bocata en el monte. El Milagro de Anna Sullivan, de Arthur Penn. Marie Curie. Alguien que felizmente se jubila. Los girasoles. El programa de radio “La Cultureta”. La esperanza de vida en Japón. Los impuestos para disfrutar de servicios públicos. La palabra del día de la RAE. Iholdi, de Mariasun Landa. La BBC. La frase “el domingo por la tarde se forma el carácter”. Un espantapájaros.  El cambio que desbloquea algo. El poema Orduan, de Bernardo Atxaga. El olor a hierba recién cortada. Cuando de niño todo te parecía más grande. Las calles empedradas de Toledo. Despertar acompañado. La escritura de Sylvia Plath en La campana de cristal. Abrazar un árbol. Los aficionados del Athletic de Bilbao. Saciar la sed. Ver a alguien morirse tranquilo. Un elogio. Los mecenas.


El Orfeón Donostiarra. Las vacaciones de tres meses en la infancia. La protección invisible de los derechos humanos. El puerto natural de Pasajes. Un desayuno bufet. Londres. El último cuadro de Frida Kahlo. El sonido del cuco en mayo. Las Olimpiadas. Un jardín cuidado. Matar a un ruiseñor, de Mulligan. Las partidas de cartas en la piscina en tu adolescencia. Los científicos. Cuando un país hace memoria de su pasado. Hook, de Spielberg. Los andares de esa persona que te gusta. La valentía. La hierba que crece en un pequeño hueco entre hormigón. Kapuściński. Los adolescentes sentados en un banco.  Zaharregia txikiegia agian y Jainko txiki eta jostalari hura. Las diferentes fases de la luna. Tu sofá. La tumba de Van Gogh al lado de su hermano Theo. Las grandes bandas sonoras de películas. Una abuela. La amabilidad de un funcionario. Internet. Un adulto que cuenta un cuento a un niño. El mar. Hacer el árbol genealógico. Joan Manuel Serrat. El color del lapislázuli. Las velas de cumpleaños. Cuando tienes mariposas en el estómago. Un abeto nevado. El horizonte. La joie de vivre. El buen sexo. Hacer el bien en tu trabajo. El sol. Abrazar…