viernes, 31 de agosto de 2012

Huellas de la humanidad


                                                            

La repercusión mediática del ecce homo que se ha hecho famoso este verano me ha recordado a las reacciones de los niños ante una pintura desastrosa de un compañero de clase. “Mira Pepito qué mal ha pintado su casa”, “sí, sí, Pepito es el que peor pinta de todos”, “Pepito pinta mal, Pepito pinta mal”. ¿Realmente no hay más noticias relevantes que tratar en los medios? ¿Por qué no se aprovecha la época estival para tratar de profundizar los temas de actualidad que no da tiempo de exponer con la debida dedicación durante el curso político? Parece que aparte de la canción del verano tiene que aparecer en los medios algún eco para rellenar las conversaciones. Es como si hoy en día llamase la atención todo lo grotesco con tal de ganar un minuto de gloria en los medios.

Me imagino que esta realidad de querer dejar una huella en el mundo –en este caso en los medios- viene de hace mucho tiempo. Hay en las personas un deseo de querer trascender, de pasar los límites de la muerte y permanecer en alguna parte “para siempre”. Sin embargo hay maneras y maneras de atravesar esas líneas. Los artistas que pasan a la historia del arte por ejemplo son personas que han aportado algo nuevo y revelador al patrimonio humanístico del arte. Así esas obras narran a través de esos artistas nuestros miedos, nuestras maneras de ver el mundo, nuestros sistemas de pensamiento, el día a día, la belleza, los deseos, los sueños, nuestras creencias, la muerte, el amor... de una manera nueva. Bien sabemos que el ecce homo restaurado no pasará a la historia del arte, pero ¿por qué no pertenecer al grupo de lo más visto en las redes sociales del verano? Porque nos podemos imaginar que la pintura anterior tampoco era una joya artística que proteger. De esta manera queda claro que a lo vulgar no le importa mostrarse con tal de hacerse famoso. Al fin y al cabo Pepito es el que peor pinta de clase. Es famoso por lo mal que pinta.


Hoy en día dejamos huellas en todo aquello que hacemos. Dejamos nuestra estela en los cajeros automáticos, en internet, en las cámaras de vigilancia, con los teléfonos móviles, ... Por lo tanto, es de alguna manera fácil seguir el rastro de una persona. Sin embargo esas huellas dactilares modernas no nos sirven para saciar nuestro apetito vanidoso. Yo misma me tendría que cuestionar por qué escribo en este blog y cómo dejo mi huella en la red a la vez que sigo las que ustedes como lectores realizan al leer mis artículos.


Otras huellas bien distintas que han pasado a la historia son las que el recientemente fallecido Neil Armstrong dejó en la luna. La frase que acompañó a sus pasos también ha pasado a la historia de las grandes hazañas científicas del ser humano: “un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad”. Estas palabras nos deberían recordar que vamos a pequeños pasos cuando de vez en cuando alguien de una gran zancada hacia el progreso, bien sea artístico, científico u otro. Y esto revela a la vez que un paso hacia adelante de una persona es un avance para toda la comunidad. Lo mismo ocurre a la inversa: un retroceso de una persona incide en todos. ¿Será por eso que el tan famoso ecce homo malamente restaurado no debería ser noticia para mí?



Fotografía: René Burri

viernes, 24 de agosto de 2012

Nire uda


                                                              


Gutxinaka-gutxinaka agur esan beharrean gaude udari. Badator pittinka-pittinka udazkena. Gero eta hurbilago dugu. Adio egin behar diegu hortaz erritmo lasaiei, udako gehiegikeriei, hitzez eta hotsez beteriko gauei, hondartzari, argiari. Eguna mozten hasi den heinean ikasturte berria nolakoa izango den aurreikusten du jendeak. Datorkigun denboraldi berria nola antolatu behar dugun pentsatu behar da. Denbora guztia izatetik, denbora gutxian moldatzera pasako gara.

Laster hasiko dira –hasi ez badira jada- telebistan itzulera-operazioa nola doan berri ematen. Berri ematen diot beste zerbait ez esatearren. Zeren festak, suteak eta beroa bezalako gaiak alde batera utziko dituzte telebistetako albistegi-editoreek errepideetan itzulera-operazioa nola doan azaltzeko. Segidan etorriko dira zenbat hildako egon diren inguruko albisteak. Izan ere telebistan eguneroko bizitzan bezala agenda bat jarraitu behar omen da. Gai-agenda bat. Eta ikasturte politikoa estreinatu baino lehen hiritarrak udako azken albisteen orbitan mantendu behar dira beste pixka bat bada ere. Infotainment delako fenomenoak esango nuke –informazioa eta entretenimendua uztartuz- udan ukitzen duela bere gailurretako bat.

Ez dakit zuei baina niri oporrak bukatzen diren adinako pena ematen dit batzuetan telebista ikusteak. Bertatik ateratzen diren soinuak leihoa zabalik lo egitean iristen zaizkigun hitz eta ahotsen doinuaren antzekoak dira. Hori baita udako gauek ematen didaten plazerretako bat. Leihoa zabalik dudala lo egitea eta jendearen joan eta etorriak erdi lo nagoela sumatzea.

Argi dago tamalez edo zorionez ez ditudala hitz hauekin informazioaren mareak aldatuko. Baina nire etxeko telebista itzali dezakedala sentitzeak plazerra ematen dit. Horrela hasi nahi dut hain zuzen, ikasturtea eta zuei gonbite bera egin nahi dizuet. Ikasturte berriari eskatu nahi dizkiodan proiektuen inguruan hausnartu nahi dut isilpean. Horrela hurrengo hilabeteetan erdietsi nahi ditudanak eta bete nahi ditudan lorpen pertsonalak isiltasunean agertuko zaizkit nire pentsamendura.

Alde batetik pozik hartzen dut eguna moztearekin batera kanpotik barrura aldera egiten dugun ibilbidearekin. Bestetik ordea, zerk ordezkatu dezake iluntzeko argitasuna toki guztietara heltzen dela ikustea? Uda ala negua izan aldatzen ez direnak elkarrizketak dira. Telebista itzaltzearekin batera elkarrizketan tartekatutako isiltasunean egotea animatzen baitzaituztet hemendik. José Saramagok zioenez, esaten ditugun hitzek eta egiten ditugun keinuek gure autobiografía ez intentzionatua osatzen dute. Nire kasuan nire amarekin egiten ditudan elkarrizketak ditut maite. Berarekin hitz egiten dudalarik isiltasunean egoten naizenean adinako ideak agertzen zaizkit nire barne-mintzoan. Ordenatu egiten zaizkit ideiak berarekin berba egitean. Zentzu honetan ez du axola ikasturte berriarekin zerotik berriro hasteak. Uda ez da amaitzen. Nire udaren jarraipena da bera: nire ama.

Fotografía: Martine Franck

viernes, 17 de agosto de 2012

Sálvate




Me imagino que a todos ustedes les ha venido un programa de televisión a la mente nada más leer el título que encabezan estas palabras. Va por adelantado que no es mi intención este viernes hacer parodia del griterío que se organiza cada tarde en nuestras salas, ni criticar que se vendan públicamente contraejemplos morales a millones de telespectadores de media península hispana.

Sin embargo sí despierta mi curiosidad el título del show televisivo que todos hemos aprendido sin darnos cuenta de lo que casi automáticamente ponemos en boca. Puede que ustedes conozcan el dicho latino Nomina sunt omina  que asegura que los nombres son oráculos. Fuera lo que fuere no me digan que “Sálveme,usted, por favor” no les suena a un mal augurio de lo que puede venir. En el caso de este show televisivo no sé yo si los salvados tenemos que ser los telespectadores o si son ellos los que necesitan un capote para escapar del naufragio.

Así, puesto sobre la mesa el dicho latino al que hacía referencia supongo que estarán conmigo de acuerdo que “Sálvame” no es un bueno título para todo aquel que ha leído algunas líneas del libro de las meditaciones de Marco Aurelio. Para los que no han tenido ocasión de ojear el libro he traído unos fragmentos para demostrar que sería mejor un título como “Sálvate”.

¿Quién se atreve a pedir a alguien que le salve por favor de lo que sea?: ¿me salvas por favor, de esta soledad?, ¿me salvas del agujero económico que tienen mis bolsillos?, ¿me salvas de mis amigos que nadie me escucha?, ¿me salvas de mi casa que me quiero independizar?, ¿me salvas de mi novia que lo nuestro no funciona?, ¿me salvas de mi madre que no la soporto? He aquí lo que diría Marco Aurelio: “Pero, mi buen amigo, mira si la nobleza y la bondad no serán otra cosa que salvar a los demás y salvarte a ti mismo”. He ahí la cuestión.

Supongo que es más elegante que uno sepa pedir ayuda siempre y cuando el mando de su propia salvación la posea cada uno. Para ello sin embargo hay que hacer algo más que gritar porque no me digan que no es curioso que en un programa titulado así se grite tanto. ¿Están acaso pidiendo socorro? Aparte de pedir ayuda Marco Aurelio habla así: “Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz de brotar continuamente, si no dejas de excavar”.

No es que pretenda “marcoaurelizar” a mis lectores aunque bien haríamos si aplicáramos estas consignas en nuestras vidas. Pero no me negarán que “sálvame” no es un mal comienzo para cualquier proyecto. ¿No opinan que suena mejor otro tipo de frase?  A mí me sugiere más un título que invite a explorar a ese “yo” generador de bienestar. Algo que nos lance al encuentro activo de la fuerza que todos llevamos dentro. Unas palabras que sean como puertas que se abren hacia nosotros mismos. Una persona con esa actitud nunca diría “sálveme, usted, por favor”.



viernes, 10 de agosto de 2012

Inmortal



Hace poco fui al cine a ver una película que raras veces hubiese sido elegida por mi para verla en la gran pantalla. Sin embargo unos amigos me invitaron a acudir al cine y lo hice a pesar de que la película no despertara mucho mi curiosidad. Será que tenía ganas de ir al cine y aproveché la ocasión para saciar el apetito cinéfilo. Lo cierto es que salí del cine sorprendida de cómo me gustó (o no me disgustó) la cinta titulada Prometeus de Ridley Scott.

La trama de la película nos llevó en una nave espacial a descubrir otros mundos en torno al año 2089. Quedó claro que al director de Alien le desbordaba la imaginación ya que seguro todos salimos del cine pensando que nuestros móviles o microondas están hechos unos ladrillos prehistóricos.


Pero lo que a mí particularmente me llamó la atención no fue eso sino que a uno de los protagonistas le faltaba el alma. ¿Cómo es posible que a una persona le falte el espíritu? ¿Es posible ser una persona y a la vez no tener alma? La ciencia ficción hace posible ese juego de la imaginación. Y el resultado es una persona con un muro de acero ante la realidad y sobre todo ante las personas que le rodean. Se trata de un ser humano sin empatía, con falta de sentimientos. Es más, al carecer de alma el personaje en cuestión no muere nunca, es decir, es casi milagrosamente inmortal. ¿Y cómo vive una persona sin la muerte como horizonte? Lo hacía sin importarle tampoco esa realidad porque no sentía ni padecía nada si bien es cierto que a los espectadores nos faltaba ver el paso del tiempo para ver cómo precisamente le pasaba el tiempo al hombre en cuestión. Todo lo que le rodeaba parecía dejarle frío.

La que no parece estar fría es la mujer saudí participante en los Juegos Olímpicos de Londres. Ella sí pasearía la bandera de su tierra sintiendo de verdad ese momento como uno de los inolvidables de su vida. ¿Y qué sería de la vida, pues, sin esos momentos en los cuales cuesta tragar la saliva tanto por si es por los buenos momentos como si es por los malos? ¿Cómo entender una vida sacrificada por el sueño de conseguir una medalla olímpica? Todas estas preguntas no tendrían sentido si no fuéramos mortales. La muerte es un elemento que configura nuestra vida desde el nacimiento hasta el final, de ahí que busquemos el sentido a la vida y tratemos de conseguir aquello que deseamos que de forma a nuestra vida. Porque una vida sin muerte es igual a una vida sin vida. Es decir, tan sólo lo que vive o el que vive puede morir.


Al alma que le gusta ir al cine desde luego es porque le llega de alguna manera la historia que ve. Lo mismo ocurre cuando vemos los Juegos Olímpicos por la televisión: nos conmueve ver a los deportistas rozando el sueño de su vida, cuando vemos santiguarse y mirar al cielo a un atleta antes de iniciar su carrera, al ver el sprint final de una maratón. ¿No es, pues, la vida para los mortales que sentimos como una bella y emocionante maratón?



viernes, 3 de agosto de 2012

Pelota olímpica



Me fascinan los Juegos Olímpicos. No es que sea yo una deportista frustrada ni estén ustedes leyendo las líneas de una seguidora fiel al deporte sino que más bien despiertan mi fascinación los rituales y actitudes que están presentes cada cuatro años en una capital del mundo. Por supuesto, huelga decir que admiro el esfuerzo que hay detrás de cada participante, su espíritu de superación, el estimable ejemplo –tan minusvalorado hoy en día- que dan los deportistas y sus entrenadores. Pero además de esto lo que de verdad me enamora es que el deporte sea una herramienta que nos habla del ser humano aquí, en Londres, en Pekín, en Atenas, en todo el mundo. De alguna manera podría decir que me encanta que un fenómeno mundial de masas sea  a la vez un acontecimiento que haga aflorar lo que hay en común en todos los seres humanos del mundo atravesando razas, culturas, continentes o religiones.

Además hay otro asunto muy revelador porque invitan los Juegos a mirar a los deportistas como personas que traspasan las barreras nacionales y que por lo tanto nos hacen pensar en el ser humano sin prejuicios, es decir por encima por ejemplo de las propagandas nacionales. Al menos a mí no me gusta ver el resultado de cuántas medallas olímpicas ha obtenido Alemania o Japón sino que prefiero quedarme en las lágrimas de emoción de este deportista, en la cara de concentración del otro, en la imagen de lucha que hay detrás de las mujeres deportistas, en el detalle de estar escuchando música por los auriculares de un profesional de la natación antes de recibir la medalla. ¿O es que el deporte no es como la música un fenómeno universal? La ceremonia inaugural de Londres fue una fiesta de la cultura británica pero también de la cultura universal. Así lo son Shakespeare, Los Beatles, Harry Potter, la música de “Carros de fuego”, Peter Pan o Lewis Carroll. No me negarán que no es esto algo que toca los corazones de cualquiera. El deporte –al igual que la música o la literatura- hace que nos sintamos ciudadanos del mundo. ¿No es esto emocionante y a la vez misterioso?

En una de estas sesiones de deporte he tenido el placer de escuchar un curioso comentario entre la gente: “¿Cuándo veremos la pelota en las Olimpiadas?”. ¿Se imaginan ustedes en un frontón a jugadores de todo el planeta? Me atreví a hacer un comentario dañino para algunas sensibilidades: “muchas vueltas tendrá que dar el mundo para ver la pelota como deporte olímpico”. Me contestaron: “¿por qué no?”. Pero no me dieron razones suficientes para creerme la proposición. Visualicé entonces cómo serían unos juegos con la pelota como deporte olímpico. La verdad me costó hacer ese trabajo de imaginación aunque me guste este deporte.

Así ya puestos a imaginar después me propuse soñar unos juegos olímpicos con etiqueta vasca. Me pregunté al instante lo siguiente: ¿qué tendríamos los vascos para ofrecer a la cultura universal?, ¿Quiénes serían nuestros Shakespeare y Peter Pan? ¿Qué canción sonaría en la gala inaugural? Hagan ustedes por favor este ejercicio fantástico y por descontado, perdonen, por favor, si hiero vuestra sensibilidad.


viernes, 27 de julio de 2012

Apaños


La tecnología en estos tiempos da para escribir muchos artículos. O quizá, claro está, soy yo a quien le da bastante por hablar o poner sobre la mesa encuentros o desencuentros que tengo con los últimos gritos tecnológicos. Hoy mismo me ha robado una sonrisa la pantalla televisiva situada en una estación de tren próxima a mi casa. Y poco a poco ya irán ustedes familiarizándose de que no es precisamente normal que una pantalla así provoque en mí emociones optimistas. Sin embargo cuando en un visor plano de última generación donde se anuncian al minuto los trenes que van llegando a la estación colgaba escrito a mano un cartel escrito a mano “no funciona” he pensado que el mundo no funciona tan mal. Disculpen ustedes por esta implícita “tecnofobia” pero no me negarán que es gracioso que la ultramoderna pantalla no tenga un “fuera de servicio” disponible en sus diversas funciones gráficas. ¿Será que no cabe en la mente que ideó el programa visual de llegadas y partidas ferroviarias la posibilidad de que “el sistema” caiga? A mí, qué quieren que les diga, me tranquiliza pensar que todavía quedan en el mundo personas que recurren al papel y al rotulador de siempre para escribir un gran cartel de lo que sea para poder comunicarse. Es lo que se suele decir saber recurrir a los apaños de toda la vida y en esta vida hay que tener recursos para todo.

Apañado y resuelto también parece ser que es Diaz-Varela, uno de los protagonistas de la última novela de Javier Marías titulado “Los enamoramientos”. Un libro en cuyas páginas no piensen ustedes que podrán por ejemplo leer una historia de amor invencible o un enamoramiento de tipo “flechazo” sino más bien podrán comprobar la confusa frontera que existe entre el amor y lo que en nombre de ella inmoralmente es capaz de hacer el ser humano.

Les recomiendo a ustedes vivamente la lectura de este libro para disfrutar por supuesto hedónicamente de la buena lectura  y para saber que mientras la tecnología con sus pantallas planas va cambiando cada segundo, la envidia y sus fenómeno no han variado en su esencia desde que existe la Biblia. ¿Y eso es de lo que trata un libro cuyo título es tan sugerente como “Los enamoramientos”? En efecto, mis queridos lectores. Queridos digo porque sólo espero que ustedes no sean como Díaz-Varela que es capaz de todo “por amor”. Eso es -no me negarán- muy peligroso y me lleva a pensar que si entre mis lectores se encuentra un personaje fanático de este tipo más me vale contratar a un detective por si acaso.

No se asusten ustedes. Sin embargo se preguntarán quizá cómo es posible que del amor pasemos tan secamente a hablar de los peligros de éste. ¿No nos saca él lo mejor que hay en nosotros? A veces, efectivamente, sí. Pero otras veces “va a ser que no” como se suele decir. En esos casos sería deseable colgar un “no funciona” con papel y rotulador en el tráfico de flechas de Cupido, como los trenes que van y vienen y los días que pasan y los años que llegan. Porque todo cambia y paradójicamente a la vez todo se resiste al cambio, parece ser. ¡Enhorabuena, Marías!

viernes, 20 de julio de 2012

Sudar Proust



Cuando voy al gimnasio a sudar un poco me quedo pensativa sobre un hecho que se produce allí. En realidad el escenario suele ser fecundo para pensar en algunos de nuestros actuales padecimientos sociales pero tengo que admitir que no frecuento mucho la sala de máquinas del barrio. Ahora bien, es verdad que cuando voy salgo con la mente despejada de allí, lo cual es de agradecer. Pero no voy hablarles a ustedes sobre mi tabla de ejercicios.

Y es que hay un fenómeno que sucede en el gimnasio que despierta a veces rabiosamente mi curiosidad. Me refiero cuando veo a una persona hacer ejercicio mientras simultáneamente lee un libro. Entonces no suelo saber ciertamente qué pensar: “en realidad no eres una mujer de verdad porque no sabes hacer dos cosas a la vez”, “se trata de la imagen viva de la reconciliación entre cuerpo y alma”, “deja de perder el tiempo y tráete a Proust al gym”.

Me imagino entonces cómo sería la lectura de este clásico de la literatura universal que tristemente está harto de esperarme en la estantería: “mucho tiempo he estado acostándome temprano”, “marcha cinco”, “A veces, apenas había apagado la bujía” “arriba ese pompis”, “cerrábanse mis ojos tan presto, “aprieta la tripa”, “que ni tiempo tenía para decirme: ya me duermo”, “venga que hoy al acostarte te vas a dormir antes de meter la segunda pata en la cama”. Y seguiría, “Y media hora después despertábame la idea, “no pares, sigue así”, “de que ya era hora de ir a buscar el sueño...”, “esa tripita, maja, ya verás este verano como vas a lucir palmito”. Entonces, no me digan que no, llegaría a la conclusión de que no pierdo para nada el tiempo al leer “En busca del tiempo perdido” en el gimnasio.

Si con Proust no fuese suficiente para ponerme como es debido para el verano probaría por ejemplo con Javier Marías cuyos libros me esperan impacientes en la mesilla. “La última vez que vi a Miguel Desvern o Desverne”, “muy bien, nena, del remo pasamos ahora al step”, “fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño...”, “fenómeno, sigue así, guapa, que se note por fuera lo bien que te cuidas con el libro Los enamoramientos de Marías”, “lo tuyo no va ser que se enamoren, simplemente van a rendirse a tus pies”. O quizá por qué no recurriría a otro clásico de las letras hispanas como es Pérez Galdós y leería “Doña Perfecta” para ponerme yo también perfecta para ir a la playa. Y para rematar la faena no dudaría en recurrir a Virginia Woolf: “La señora Dalloway” , “fuera esa flacidez”, “dijo que las flores”, “tu sí que te vas a poner como una flor”, “las compraría ella”, “así me gusta, bollito”.

Esté yo como un bollito o no me parece envidiable el método de compaginar la lectura con el pedaleo de la bicicleta. Eso sí, me pregunto qué es lo que lee la gente y sobre todo cómo lee. Porque el hacer gimnasia y el leer requieren de un estado físico y mental bien distinto para mí. Sólo me queda agachar la cabeza y admitirlo: yo no puedo con los dos a la vez. ¡Que disfruten de esa simultaneidad los tan bien dotados!