jueves, 27 de octubre de 2016

Nuestra gran vida normal



Supongo que a todos nos ha pasado que alguien nos haya cogido el teléfono móvil y nos haya leído sin previo permiso alguna intimidad. Es lógica la furia que el ataque a esa intimidad desató en aquella ocasión en nosotros. Una rabia cuya fuerza grabó en nuestra memoria la ofensa como una herida difícil de cicatrizar, o al menos como una suspicacia para recordar siempre. Hoy en día, incluso se alerta de que los móviles de las adolescentes sean sospechosamente vigilados por sus controladores novios como una antesala de maltrato. Algo que nos escandaliza a todos a priori. Surgen discrepancias y se abre el debate, sin embargo, traspasando la cuestión de la intimidad a otro ámbito.

La aparente trivialidad de que alguien sacie su morbosa curiosidad con nuestro móvil nos llena de indignación. Ahora bien, existen dudas en algunas personas si el que viola esa intimidad o privacidad es el Estado. Algo que el antiguo trabajador de la agencia de inteligencia de EEUU Edward Snowden denunció y que tan bien retrata la nueva película de Oliver Stone. Los que no defienden su intimidad ante el Estado justifican su postura afirmando que su vida es tan normal que no ven nada alarmante en que lo vigilen si es para un bien mayor. “Hago lo que hace todo el mundo”. “Mi vida es absolutamente normal”. No ven ellos por tanto, que ese ojo que los observa vaya a dañar su vida. No hay nada que perder ni deteriorar. Es más, ven que ese ojo va en algún modo, a protegerlos como un hada madrina o las antiguas murallas de la Edad Media. Es decir, lejos de perder, lo que para ellos viene a significar esa entrega de la intimidad es ganancia, porque a cambio gozan de una supuesta seguridad.

Cuando alguien infunde miedo a una persona ese individuo pierde su preciada libertad porque no es tan capaz de elegir. Lo mismo ocurre con el Estado que justifica su violación de un derecho básico como es el derecho a la intimidad ante el hecho de que, en algún modo excepcional, quiere defender a sus ciudadanos. En este sentido, el Estado se atreve a advertir la llegada de posibles amenazas externas que pondrían en cuestión nuestra confortable vida normal, nuestra seguridad. Pero un Estado que se hace fuerte –como un novio controlador- con el miedo de los ciudadanos es menos democrático. Por eso, ¿estamos seguros de entregar la llave de nuestra casa o habitación–el espacio íntimo por antonomasia- para gozar supuestamente de mayor seguridad?

Las mujeres maltratadas bien saben lo que es vivir con miedo y que alguien les someta desde una superioridad anuladora. Son extraordinariamente conscientes de que al entregar su poder a ese supuesto ser superior (llámese pareja o en este caso, Estado) lo que pierden es simple y llanamente todo. Lo que busca el maltratador es un control para poder seguir maltratando y ejerciendo ese terrible poder. Poseer lo que nadie tiene derecho a hacerlo. Si estamos de acuerdo en que esta aberrante forma de cuidar a una persona no es en absoluto deseable, ¿cómo no lo vemos cuando el que quiere controlar y someter según sus intereses es el Estado? No olvidemos que las dictaduras, por ejemplo, buscan ante todo y como algo normal controlar de manera informativa a los ciudadanos que viven bajo su poder. Si nuestra vida es tan anodina, entonces ¿por qué no prescindir de pretender controlar lo que nada vale?

La información, señores, es un arma poderosa y bien lo sabe el Estado, que para sí se guarda las ideas que le pueden surgir de lo que se puede hacer con toda la inmensa información que va recabando de ciudadanos anónimos y normales como tú y yo. Recuerdo haber escuchado al intelectual búlgaro Tzvetan Todorov contar que en la era soviética las relaciones íntimas y las historias de amor eran los espacios donde más se sentía la libertad de acción, donde uno podía ser libre de verdad, donde uno escribía las líneas de su vida sin nada que temer. Algo que no deja de estremecer a todo aquel que ama su libertad, la vida o la dignidad. ¿Y si al Estado le interesara también controlar los espacios de intimidad entre personas? Lo dice Oliver Stone en la película que ha llegado a los cines: todos estamos vigilados a través de la sofisticada informática. ¿Qué ocurrirá con esa información? La película puede ser una invitación a reflexionar a través de la trayectoria de Edward Snowden acerca de ese ojo que engulle intimidades y quién sabe, si vidas. Una gran ocasión para pensar sobre si estamos tan seguros de entregar nuestra intimidad a cambio de seguridad. O también para preguntarnos si vivimos en una sociedad tan democrática cuando se persigue, se controla, vigila, se sabe, se sigue… al individuo normal en detrimento de su libertad. Esa libertad que transforma en una experiencia apasionante nuestra vida normal.


Fotografía: Ferdinando Scianna.  

miércoles, 19 de octubre de 2016

Día Internacional de Nada



El Día Internacional de la Mujer, el Día Mundial contra el Cáncer de Mama, el Día Internacional del Euskera, el Día Mundial del Pan... Y aunque sobran las buenas intenciones, si nos detenemos un momento ante esta lista infinita, ¿hay algo más insulso que “el día internacional de…”? Como clara detractora de la iniciativa de hacer una cruz en el calendario para dar visibilidad a un colectivo, una causa o quién sabe qué, propongo que hoy se celebre el Día Internacional de Nada.

La nada es creativa y fértil como el aburrimiento o la observación desinteresada. Y a lo que nos impulsa esa nada es algo muy preciado y valioso. Nos lanza a encender nuestro ser ante los estímulos externos y no viceversa. A ser dueños de nosotros mismos, de verdad. Me refiero a que el Día Mundial contra el Cáncer de Mama o cualquier otra enfermedad nos llevan sobre todo a volver invisibles a estas personas que a ser dignos de nuestra empobrecida atención. Durante un día acaparan portadas o inspiran reportajes pero el resto de los 364 días del año se quedan en un cruel e irreversible olvido. ¿Nos comprometemos con algo un día al año o a lo que nos sumamos es a mirar al otro lado? ¿Los recordamos porque realmente nos importan o solamente porque toca?

Los expertos llaman locus de control interno a esa actitud que tienen las personas que sienten que son ellos el centro del poder ante el entorno y no al revés. Con otras palabras, tienen la fe de que la fuerza está en ellos y que si quieren consiguen lo que desean. Esa capacidad interiorizada les lleva a creer que sus esfuerzos no se van con las manos vacías. Por eso cuando logran algo no depositan esa victoria en las circunstancias ni se complacen con los halagos que vienen de fuera. Una persona con esta actitud busca sus objetivos sin contentar a nadie o lograr ningún premio. Algo que les lleva a tener una voz interna firme que se basta con ella misma.  

En la escuela vemos abundantes ejemplos de personas con locus de control interno. Son aquellos estudiantes que se alegran por aprender. Son aquellas que quieren y desean saber más. Y además lo hacen porque creen que pueden hacerlo y lo harán. Persiguen sus sueños porque una sonrisa se dibuja en sus caras al pensarlo. No buscan premios ni quieren evitar castigos, la fuente de donde fluye esa capacidad hacendosa está en ellos. Estos estudiantes  no necesitarían exámenes para aprender. Y precisamente son ellos los que nos enseñan la esencia de la pasión por el conocimiento, el gran ideal educativo. El querer y luchar por algo porque uno mismo lo desea como nada más en el mundo.

“Los días internacionales de” no buscan el locus de control interno de las personas sino el inútil flash externo que es el antagonista de la perseverante preocupación por las cosas. Ese  día señalado se asemeja al examen final de junio de una asignatura. El día del empacho compulsivo de apuntes e ideas que el cerebro olvidará en el mismo instante de la entrega del examen, tal y como ocurre con el día después de un “día internacional de”. Es la antítesis –no me negarán- de la genuina curiosidad o interés por las cosas. Las estaciones de metro de algunas ciudades europeas son otro ejemplo de lo estéril que resulta un examen o el día mundial de un noble motivo: la gente paga y pica su billete sin necesidad de barreras o exigencias externas. No hay un imperativo de que alguien de fuera les enseñe y recuerde su deber. En ellos está el poder y en su interior habita ese civismo. Sin barreras, sin exámenes. Gracias a esa nada.



Fotografía: Chris Steele-Perkins. 

viernes, 7 de octubre de 2016

Cazar palomas, cazar pokémons



Cuando se aproxima la ansiada época del año para los cazadores me detengo por un momento en un banco a disfrutar contigo del viento sur. Y mientras ellos empiezan a poner a punto la escopeta y están atentos al cielo, yo me hago la siguiente pregunta: ¿ha pasado la fiebre de cazar pokémons? Me refiero a esos monigotes amarillos que tanta simpatía despiertan y que nada tienen que ver con las malvices, becadas o palomas de verdad.

A mis alumnos les fascinan los pokémons. Algunos tienen incluso su propio bicho preferido y adornan sus cuadernos y carpetas con estos desconcertantes animalitos que no existen en el mundo real. Intentar encontrar el sentido que puede tener cazar con el móvil pokémons es tan inútil como tratar de entender la descarga de adrenalina y placer al disparar una escopeta. ¿Estas cazas tendrán quizá ambas en común nuestro ancestral instinto de supervivencia que respondía a la necesidad de comer?

Me rendí a la impotencia de no captar la gracia de este juego llamado Pokémon Go que con tanto furor decían disfrutar mis alumnos. Es más, mi respuesta al entusiasmo que en el aula respiré hacia estos virtuales peluches fue un tanto ingenua y pedante: “¿acaso no es preferible buscarse a uno mismo en vez de tratar de buscar pokémons?” les sugerí de forma provocadora. Pero pretender que unos niños de 11 años conecten con eso de buscarse a uno mismo es intentar subir el Everest con chancletas. “Te has pasado” me dije a continuación. Pensándolo mejor, sin embargo, quizá lo que realmente falló –si es que algo no fue como debía- fue la manera en que formulé la pregunta a mis alumnos: buscarse a uno mismo se entendía como si debieran hacerlo exclusivamente de forma física y no a la manera abstracta o filosófica. Y es que con otro tipo de pregunta estoy convencida de que estos fanáticos de los pokémons me hubieran sorprendido con sus respuestas existenciales.


Porque todos los niños tienen de forma más despierta o dormida una capacidad de preguntarse por todo lo que les rodea, de curiosidad por la esencia de los fenómenos más cotidianos y por lo tanto de conectar con uno mismo. Educar en el asombro y Educar en la realidad son dos recomendables libros escritos por Catherine L´Ecuyer (Plataforma Editorial) en los que expone esta innata pureza infantil hacia el mundo, ante el cual el niño no puede responder sino con una profunda sorpresa. Esta capacidad de asombro es la semilla de esa curiosidad fértil, el gusto por aprender, el encuentro gratificante. En un entorno donde somos víctimas de tantos estímulos L´Ecuyer defiende apasionadamente que debemos proteger a nuestros niños del mundo virtual con el objetivo de no matar precisamente esa capacidad de asombro. Para este mundo donde la tecnología y el mundo online están conquistando todas las parcelas de nuestra vida la mejor escuela –sostiene L´Ecuyer- está en el mundo offline, en la realidad. Para ello es necesario despertar una mirada pura hacia el entorno, una mirada en la que esa realidad se sobre a sí misma para la vida plena. La naturaleza por ejemplo, anclada en esa realidad está dotada de infinitas dosis para quitar el aliento a cualquiera en cada instante. Mis alumnos lo saben bien aunque los pokémons les sometan a veces a ese sueño del cual a veces es difícil despertarse. En cualquier caso, es siempre apasionante colaborar como se pueda en ese despertar. 

Fotografía: Henri Matisse fotografiado por Henri Cartier-Bresson.   

viernes, 2 de septiembre de 2016

Eskolara!



Jatetxe batean nago eta ondoko mahaian bikote bat dago bere seme txikiarekin bazkaltzen. Jostailu deigarri bat du haurrak plateraren ondoan. Plastikozko eskabadora alboratuta duen janari garestia baino interesgarriagoa dela dirudi. Hala ere, zerbitzaria adi dago umearen eta gurasoen desirak asetu nahirik. Mutikoaren ile argiarekin bat egiten duen eskabadora horia nahikoa izango ez balitz bezala, bere aitak telefono mugikorra jarri dio beranduago aurrez aurre. Umea ezbairik gabe, pantailarekin hipnotizatuta geratu da eta gurasoak lasai geratu dira. Tarteka goilara sartzen diote marrazki bizidunek irekita mantentzen duten ahotxoan.

Denok ezagutzen dugu eszena hau. Hiru urteko haurraren arreta xurgatzen dutenak ez dira gurasoak, ez da janaria edo mahai gainean dauden lore politak, kopak, mantel leuna. Ez da niri txikia iruditu arren haurraren begientzako hain handia izango den jatetxeko komedorea. Mahai eta aulkiz osatutako laberinto zirraragarria. Ondo dakigun bezala, telefono mugikorreko marrazki bizidunak dira haurrarentzat protagonistak.  Eta guztiok jarraian egiten dugun galdera hauxe da: laster eskolan hasten denean, nola jarriko dio arreta ume honek irakasleari?

Oso bestelakoa da beste ume batzuen egoera. Marruekosekoa den Zahira-k lau ordu behar ditu egunero Atlaseko mendiak zeharkatuz eskolara joateko. Heldua izaten denean medikua izan nahi luke. Kenyako Jackon izeneko mutila berriz, bi ordutan iristen da eskolara bere bizitza arriskuan jarrita. Elefanteak arriskutsuak dira eta bere bidea zelatatzen dute. Etorkizuneko ametsa piloto bezala, hegazkinez munduari buelta ematea da. Patagonian bizi den Carlitos ostera, zaldiz abiatzen da egunero eskolara bere arrebarekin. Animaliekin duen senari jarraituz albaitaria izan nahi du. Badaki horretarako asko ikasi beharko duela eta horregatik ez da kukiltzen eskolara joateko ordu eta erdi behar badu. Indiako Samuelek aldiz, ez du hainbeste denbora behar eskolara joateko. Baina egin behar duen bidea gurpildun aulkian egin behar du. Plastikozko aulkiari bi gurpil jarri eta aparatu bitxiari bultza egingo dion norbait aurkitzea beharrezkoa da.  

Hauek dira  Pascal Plisson-ek “Camino a la escuela” deritzon dokumentalean aurkezten dizkigun testigantza miresgarriak. Hainbat eta hainbat ume eskolara bidean jarriko baita egun gutxien buruan. Eta perezari edo ikasturtearen bertigoari aurre egiteko antidoto bikaina da izugarrizko arrakasta izan zuen dokumental duin hau ikustea. Alperkeriari aurre egiteko ez ezik, jakinduria konkistatzeko egin beharreko bide luze eta neketsua ere gogora ekartzen digu. Dokumentaleko heroi anonimo hauek egiten duten ibilbidean ikasteko duten irmotasunak, eta gainera, pozak ikuslearengan indarra pizten baitu. Adituak diotenez eskolan ikasten denak baino eragin handiagoa dauka eskolaz kanpokoak. Zahira, Jackon, Carlitos eta Samuelen kasuan, irakurtzen ikasteko edo ingelesa menperatzeko egunero egiten duten bideak, bizitzarako funtsezkoak diren giza baloreak erakusten dizkiete. Horrez gain, esfortzu noble horrek ikasgelan deskubritutakoak finkatzen ditu eta horrela ez dago ikasgelan ikasitakoaren eta ikasgelatik at egindakoaren artean talka arriskutsurik.

Gogozko tokian aldaparik ez dagoen adibide liluragarria duzue dokumental honetan aurkezten zaizuena. Kutsatu gaitezen bada ume horien irrikaz, jakinminaren grinaz. Eskolara bidean egin beharreko bide infinitu horiek bezala, jakiteak eragiten duen poza ere amaigabea dela erakutsiko digute. Eta nik bederen ez dut imajinatzen bide malkartsu horretan jatetxean ikusi dudan haur mutua. Ez gaur eta are gutxiago hemendik hamar urtera.

Argazkian: Carlitos bere arrebarekin. 

viernes, 26 de agosto de 2016

Me sabe a oro








¿Son todas las medallas iguales? ¿Los deportes iguales? ¿Los logros y el sacrificio? ¿Y las ciudades olímpicas guardan diferencias unas de otras? A golpe de frías estadísticas la realidad se presenta confusa y sin matices. Y parece que las medallas de oro obtenidas en Río de Janeiro se pueden contar como piruletas en una tienda de golosinas una tarde de sábado. De esta manera, diríase que la medalla de oro del campeón olímpico de maratón, Eliud Kipchoge, se puede equiparar con el de Michael Phelps. Que las medallas obtenidas por mujeres son iguales que las logradas por los hombres. Que el tenis es igual al piragüismo o el bádminton. Que una medalla de EEUU vale lo mismo que una de Argentina. Que la nadadora siria Yusra Mardini es una aspirante a medalla más.


Si se trata de arrojar datos estadísticos me quedo con los que la web medalspercapita.com ofrece. Esta página facilita un ránking desde Atenas 1896 en la que Finlandia lideraría la lista con más medallas de oro en proporción a su población. Así, con 5.407.040 habitantes el país finés puede estar orgulloso de ostentar una medalla de oro por cada 53.353 habitantes con un total de 101 oros. De estos datos se desprende la conclusión de que la excelencia educativa –que incluye inversión en deporte- no sólo sirve para pavonearse en los informes PISA. Tiene consecuencias de gran alcance y un enorme impacto en el bienestar global de sus habitantes.


No sé si los deportistas olímpicos disfrutan de los beneficios del deporte. Quizá más bien desarrollan una capacidad de sufrimiento que difiere mucho de las ventajas de practicar deporte tres días a la semana. Por eso el deporte olímpico debería reconocerse en cierta medida como disciplina artística. Me refiero al arte de trasformar unos movimientos corporales en febriles instantes para siempre. En hacer de la superación una filosofía de vida. En comprimir durante unos minutos el metódico trabajo de décadas. En soñar con la ansiada perfección a través del juego.


Las medallas olímpicas cuelgan de cuellos que a su vez soportan cabezas artísticas. Son mentes que funcionan como centros de operaciones para fascinar al mundo. Psiques que son piezas clave a la hora de luchar por subir al pódium. Y es que las grandes batallas –también en la vida- se ganan, supongo, sobre todo con la cabeza. Así lo demuestra por ejemplo la gran Simone Biles cuya pasión por la gimnasia ha debido de jugar un gran papel para hacerse tan potente en la adversidad después de sufrir graves problemas familiares. Esa maravillosa resiliencia es tan o más merecedora de un oro como sus acrobacias sobre el espléndido tapiz olímpico.



Estas lecciones de vida son entre otras razones el motivo por el que da pena que se acaben los Juegos. En este sentido, los Juegos Paralímpicos enseñan y humanizan sin lugar a dudas, todavía más. Así, todos los deportistas son maestros y enseñan immensamente cuando dicen aquello de “esta medalla de plata, bronce o chocolate me sabe a oro”. Porque al margen de ese bombardeo de victorias, logros y oros en los medios nos deberían mostrar también las derrotas. Porque la vida va más de encajar fracasos que enmarcar victorias. Esto se traduce en saber transformar esa medalla de chocolate –o lo que sería lo mismo, esa medalla de barro- en oro. Las caras desencajadas de los deportistas por el disgusto y la decepción son también el más puro verso de la vida. Lo dijo Einstein: “las desgracias le sientan a la humanidad mucho mejor que el éxito”.






Fotografía: Raymond Depardon.

viernes, 19 de agosto de 2016

Ordu urdineko pintxoak



 Sartu da eguzkia Zurriolako hondartzan. Mugikorrak eskuan hartuta, jende asko biltzen da Gros auzoan, doan den ikuskizun honetan. Lorentxo jauna sartzen lehen aldiz ikusiko balute bezala dirudi. Norberaren barrenean bizirik dirauen argiak bat egiten du begiek ikusten dutenarekin. Honetan datza ilunabarren eta egunsentien indarra. Beti lehen aldia dela dirudi. Begi berriekin ikusten dugu aldi bakoitzean. Beti hunkitzen du bat kolore gorrixka horien pastelak ortzemugan. Horrelako liluraren testigu izateak ikusleen artean elkarrizketa ederrak pizten ditu Donostian, Kenian edo Balin. Edertasunak edertasun gehiago dakarrelako. Kandelari putz egingo bagenio bezala itzali da eguzkia azkenean. Bihar arte esan duenean ikusleak beren goseaz jabetu dira eta apetitoak taberna bidera jarri ditu ikusitako edertasuna deskribatzeko hitzen beharrean. Urdintasun argitsu bat nagusitu da segidan. Ordu urdina iritsi da. Hau da, eguzkia sartu ondoren edo irten baino lehen sortzen den instant hori. Horrela, ukendu urdin batean bustita dirudi jan dituztela gure hunkituek beren mokadutxoak. Baina pintxoak ez dira urdinak. Beren sentimenduak, ostera, agian bai.


GARBOLA TABERNAN
Sarak esan dio bere lagun Maribeli igaro direla ilunabar politek min egiten zizkioten egunak. Alegia, jendea bizitza ospatzen ikusteak puskatu egiten ziola alaba hil ostean berak hain triste zuen barrena. Orain ez du isekatzat hartzen eguzkiaren argia, egunen joan etorria, bizitzak jarraitzen duen errealitate gordina. Baina oporrak bukatu daitezen nahi du. Horrela ez da itoko egun luzeen uretan. Bukatu du pistatxo kroketa eta eskertu du Sarak bere lagunaren begirada paziente eta eskuzabala. Entzun egiten diola somatzen du. Berekin dagoela eta ez duela epaitzen bere tristeziagatik.
Garbola Taberna. Kolon Pasealekua, 11, 20002, Donostia.
Pistatxo kroketa eta saltxitxa alemaniarra.


EZKURRA TABERNAN
Peruk esan dio Iñakiri horrelako ilunabarrek nostalgiaz betetzen dutela bere bihotza. Gogoan ditu bere neskalagun ohiarekin ikusten zituen sunset ederrak. Kontatu dio nola zuten ohitura telefonoz hitz egiteko eguzkia sartzen zen momentuan. Peru Valentzian zenean eta bere neska Donostian. Groseko hondartzak horregatik ekartzen zizkion hain oroitzapen pisutsuak. Hondatza hau beren maitasun istorioaren testigu fina izan baitzen eguzkia jartzean. Peru biluztuta sentitu da sekretu hori aitortu dionean bere lagun Iñakiri. Barrena hustu du eta lasaitu egin da. Aspaldian jan duen ensaladilla goxoena dastatu duela esan du jarraian eta nolabait sendatu egin du bere mina.
Ezkurra Taberna. Mirakruz Kalea 17, 20001, Donostia.
Ensaladilla rusa eta onddo eta foie risottoa.

PAGADI TABERNAN
Txokolate koloreko azala duen Joseph herriminak jota sentitzen da horrelako ilunabarretan. Hemen hainbeste hunkitzen gaituzten eguzki sarrerak ez omen dira Nigerian bezain liluragarriak eta indartsuak. Hemen eguzkia ahula da gure gorputz gihar gabeak bezala. Joseph-ek lagunak egin ditu Donostian eta hauetako bat da Pablo. Donostiarrak patata tortilla pintxo batera gonbidatu du afrikarra eta saiatu da imajinatzen nolakoa izango den Joseph-en ahotan entzuten duen eguzki hori. Hemen erlojuak dituzue, Pablo, baina guk Nigerian denbora dugu. Hori esaten dio askotan Joseph-ek atsotitz bat gogoratuz.
Pagadi Taberna. General Artetxe Kalea 1, 20002 Donostia.
Momentuan egindako patata tortilla.


MESON BIDEA BERRI, “EL ANDALUZ” TABERNAN
-Kezkatuta nago, Nekane. Alaba udalekuetan daukat eta ama senak batzuetan triste egongo dela esaten dit.
-Triste jartzeko denborarik ez du izango, Ane.
-Benetan diotsut. Egonezina sartzen zait gaizki pasatzen egongo dela pentsatzen badut.
-Ikasi behar dute beren kabuz ibiltzen. Alaba baino tristeago zaude zu bere falta somatuta.
-Paktu bat egin genuen udalekura joan baino lehen. Egunero ordubietako eguzki indartsuari begiratuko geniola biok batera. Eguzki izpiek nire maitasuna bidaliko ziotela esan nion. Eta eguzkia begiratzen dudan bakoitzean tristura sartzen zait. Ume handi bat dirudit, Nekane.
-Lehen aldia da alabarengandik banatzen zarela. Normala da.
-Horrela izango da. Jan dezagun urdaiazpiko goxo hau eguzki sarrerak odol hustuta utzi nau eta.
Meson Bidea Berri, Karkizano Kalea 9, 20001, Donostia.
Montadito deritzon urdaiazpiko pintxoa.

Argazkia: Nikos Economopoulos. 









viernes, 12 de agosto de 2016

Un tatuaje por amor



En verano asoman muchos tatuajes por los cuerpos de jóvenes que andan más ligeros de ropa por el calor. Se ven toda clase de formas y letras que son aquí a la vez que negocio, una forma muy contemporánea de adornar el cuerpo. Está claro que nada tiene que ver la tinta inyectada por voluntad propia en un arrebato de deseo-de-para-siempre si lo comparamos, por ejemplo, con los numéricos brazos tatuados en Auschwitz. Así, el número que un deportado podría “lucir” en su brazo habría cogido significados diferentes en el tiempo. En el campo de concentración sería vilmente la señal de libertad y dignidad cruelmente retiradas. Vendría a ser sinónimo de muerte. Una vez fuera del campo sin embargo, podría adoptar el significado de supervivencia, lo que es sinónimo de vida. Esto indica que el mensaje de un tatuaje puede cambiar con el paso de los años. Me pregunto si los tatuajes fijados en la piel estarán también tan fijados en la mente de las personas.

Vivimos en una época en la que pocas cosas perduran. Hoy en día, todo se caduca y se transforma a una velocidad endiablada. Nada más hacerte con algo se queda obsoleto en seguida. Lo efímero nos rodea y engulle. Y precisamente en ese nada-es-para-siempre aparecen los tatuajes que sí lo son en un principio. Esto evidencia una contradicción. La de tatuarse algo para siempre cuando nuestras cabezas o nuestra sociedad no funcionan con esa mentalidad. El amor es un ámbito donde esta paradoja resulta especialmente elocuente. Siendo tan conscientes como somos de que nuestras relaciones de amor no tienen la vida larga que antaño tendrían los grabamos a fuego sobre nuestra piel. ¿Son nuestros cerebros menos capaces de crear algo para siempre y lo ironizamos así para consolarnos?

Dicen que un buen tatuaje se hace en un lugar con la discreción suficiente para no aburrirte de él, pero a la vez con el poder sugestivo para cuando sea tímidamente visto. Estas directrices sí me parecen sabias. Pero no para hacer los tatuajes sino para la vida. En el amor por ejemplo, una historia del pasado debe ser guardada en el recuerdo en un lugar merecido y digno pero a la vez sin que invada el presente bloqueando tu vida. Ha de estar en el lugar preciso. Aquel recuerdo amoroso que se instala en tu presente como un tatuaje descarado que te impide continuar resulta nocivo. Sospecho que tantas y tantas historias de amor que con tanto furor surgirán en esta época del año morirán antes de Navidades. ¿Desaparecerán del recuerdo de los amantes fácilmente?


Las mejores historias de amor no necesitan de tatuajes para ser rescatadas en el tiempo. Porque hay tatuajes de amor que no se ven y sin embargo están ahí. Están en el corazón, están en el cerebro acechando los recuerdos de las personas sin previo aviso. Claro que, esos mismos recuerdos pueden ser buenos y no tan buenos. Hoy en día desde luego, parece que no amas a alguien de verdad –sea tu hijo, compañero o ídolo artístico- si no te tatúas sus iniciales en el brazo o en la espalda (si no te rindes ante el hecho de que el amor no es para siempre pero, al menos, el tatuaje sí lo es). Con lo cual permíteme, lector mío, que mi tatuaje por amor, que mi canto a la eternidad, sea esta “tinta” derramada sobre mi blog, que de amar a alguien se ama, por encima de todo, a sí misma.  

Fotografía: Ferdinando Scianna.