viernes, 27 de mayo de 2016

Razones para vivir II




La justicia poética. Comer el cuscurro del pan al salir de la panadería. El que gana perdiendo. Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl. Un niño en la playa. Las librerías. Nelson Mandela y su poema Invictus. Las tertulias después de comer. Los helados de cucurucho. El museo D´Orsay.  El “Viva San Fermín” el 6 de julio. Las aguas termales. Gianni Rodari. Una casa cubierta por una buganvilia. La agencia de fotografía Magnum. La serie Verano Azul. Un mapamundi. El comercio local. La Traviata, de Verdi. Un abuelo. Alguien que sabe estar solo. Las croquetas. El Estado del bienestar. Un cuadro con el título “Alegría de vivir”. Las cafeterías. El nacimiento de un río. Cuando en enero los días empiezan a alargarse. El poema Ítaca, de Kavafis. El sonido de la lluvia sobre el paraguas. Un gobernante con pensamiento a largo plazo. Ir en moto agarrada a alguien a quien amas. El bizcocho en el horno. Un médico. Las mujeres que quedan “para andar” y luego toman café.  

Crimen y castigo, de Dostoievski. Una beca. Las fruterías. El ser humano que es capaz de superar la muerte de una madre o un padre. Conocer la etimología de una palabra. Un viaje nocturno en autobús. El olor a eucalipto. Conseguir algo después de mucha fuerza de voluntad. Un amigo. La tormenta que sanea el ambiente. César Bona. Cuando duele la tripa de tanto reír. Los lagos. Salir de pintxos en Donostia. Las agendas. Mikel Laboa. La libertad de un periodista. Encontrar algo que dabas por perdido. Las muñecas de la infancia de una niña. Un banco de sangre. Cuando el desamor va tomando nuevas formas. La sensibilidad. Alguien que sale del armario. Una nariz de payaso. Ser ciudadano del mundo. Los colores de los artistas fauvistas. El Yoga. La elegancia del color negro. Los filósofos. Conducir el coche con la ventana abierta mientras escuchas música. Ir a un concierto. Viajar en tren. La historia del Mediterráneo. Un parto. La dama del perrito, de Chéjov. La ecología. Planear un viaje.  La pegadiza canción del verano. Los tratados de paz. La autoestima. E.T., el extraterreste, de Spielberg. Una clase de historia del arte. Dos viejitos de la mano. La mitología. El dibujo que te hace un niño. Tu perfume de siempre. El apartamento, de Wilder. Alguien que no se rinde. El profesor que no envejece en tu memoria. El día en pijama. Las hogueras de San Juan. Escuchar a alguien recitar un poema de memoria. El despegue de un avión. Esta tierra es mía, de Jean Renoir. La playa en invierno. Spotify. Perdonar y ser perdonado.

El asombro. Los viernes por la tarde. El panel grande de los aeropuertos con infinidad de destinos. La cultura como patria. Los campos de trigo. Johann Sebastian Bach. Escuchar a alguien hacer una buena argumentación. Un filántropo. Las velas. Cuando de pronto no sé dónde suena tu canción. Reuben Pantier y Emily Sparks en Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Los Reyes Magos. El sentido del humor. Las estaciones de esquí. El humilde. Un domingo electoral. El sonido del agua. Una pareja de novios cogidos de la mano. Los barcos de vapor. La editorial Acantilado. El incienso. Sorolla y la luz. El Tour de Francia. Las estrellas y sus constelaciones. La autonomía. Comer un bocata en el monte. El Milagro de Anna Sullivan, de Arthur Penn. Marie Curie. Alguien que felizmente se jubila. Los girasoles. El programa de radio “La Cultureta”. La esperanza de vida en Japón. Los impuestos para disfrutar de servicios públicos. La palabra del día de la RAE. Iholdi, de Mariasun Landa. La BBC. La frase “el domingo por la tarde se forma el carácter”. Un espantapájaros.  El cambio que desbloquea algo. El poema Orduan, de Bernardo Atxaga. El olor a hierba recién cortada. Cuando de niño todo te parecía más grande. Las calles empedradas de Toledo. Despertar acompañado. La escritura de Sylvia Plath en La campana de cristal. Abrazar un árbol. Los aficionados del Athletic de Bilbao. Saciar la sed. Ver a alguien morirse tranquilo. Un elogio. Los mecenas.


El Orfeón Donostiarra. Las vacaciones de tres meses en la infancia. La protección invisible de los derechos humanos. El puerto natural de Pasajes. Un desayuno bufet. Londres. El último cuadro de Frida Kahlo. El sonido del cuco en mayo. Las Olimpiadas. Un jardín cuidado. Matar a un ruiseñor, de Mulligan. Las partidas de cartas en la piscina en tu adolescencia. Los científicos. Cuando un país hace memoria de su pasado. Hook, de Spielberg. Los andares de esa persona que te gusta. La valentía. La hierba que crece en un pequeño hueco entre hormigón. Kapuściński. Los adolescentes sentados en un banco.  Zaharregia txikiegia agian y Jainko txiki eta jostalari hura. Las diferentes fases de la luna. Tu sofá. La tumba de Van Gogh al lado de su hermano Theo. Las grandes bandas sonoras de películas. Una abuela. La amabilidad de un funcionario. Internet. Un adulto que cuenta un cuento a un niño. El mar. Hacer el árbol genealógico. Joan Manuel Serrat. El color del lapislázuli. Las velas de cumpleaños. Cuando tienes mariposas en el estómago. Un abeto nevado. El horizonte. La joie de vivre. El buen sexo. Hacer el bien en tu trabajo. El sol. Abrazar…

viernes, 20 de mayo de 2016

Razones para vivir



Las crisis como experiencias portadoras de algo mejor. Pasear. El poder nutritivo de los frutos secos. Salamanca. Las casualidades que bendicen algunos momentos. Bailar. El aceite de oliva. La madrugada antes de un gran viaje. Los áticos. El término medio. Josefina Aldecoa. Los pueblos Uztarroz, Isaba y Otxagabia. Leonard Cohen. La relajación después de hacer deporte. El chocolate. Sin destino, de Imre Kertész. Los campos de amapolas. Google. La tristeza fecunda.

Gato negro, gato blanco, de Kusturica. La Rioja. Encontrarte en tus sueños con alguien especial. El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez. Una siesta. Las huertas de Tudela en Navarra. El poder del lenguaje. Contemplar París desde el Sacre Coeur. Boris Cyrulnik y sus libros sobre la resiliencia. Frómista, San Juan de Ortega y todos los pueblos del Camino de Santiago. La pasión. Quedarte dormido “al meter la segunda pierna” en la cama. La creatividad. Una buena ducha. New York. La sonrisa de alguien que no conoces. Las catedrales. Sentarse en una terraza. Los documentales. El puente de la Zurriola en Donostia. La belleza. Alguien perseverante. La importancia del proceso, más que el resultado. Los campos de lavanda. El museo Hermitage. Las mesillas. Sentirse importante para alguien. Las lecciones de la vida. Los supervivientes.

Italia. Las primeras veces. Las últimas ocasiones. Un balón. La explosión primaveral. Descubrir lo complejo en una persona. La conversación después de salir del cine. Los parques. La educación en Finlandia. Una barra de labios. Berlín. El bolígrafo que llevas en el abrigo o en el bolso. El sueño reparador. Los chicos del coro, de Barratier. La historia del arte contada por Gombrich.  Una fuente. El ritmo envolvente del rap como el latido del corazón. El olor a castañas. La honradez. El artículo Carta a María, de Arturo Pérez Reverte. La entrada gratis en los museos de Londres. Una bicicleta. Los poemas Los justos y Otro poema de los dones, de Borges. Las hortensias azules. Los mercados. Henri Cartier-Bresson. Las palmeras. Ética a Nicómaco, de Aristóteles. La empatía. Una voz radiofónica. Las nevadas de la infancia. Una biblioteca. El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Un cuadro con flores secas. Invertir en salud y educación. Una tortilla de patata. La conciliación en los países nórdicos. El taller del artista. Las noches de verano. Planta 4ª, de Mercero. La conversación de antes de dormir.

La curiosidad. Transformar el relato de una experiencia traumática. Los faros. La provocación del arte. La Cornise entre Hendaya y San Juan de Luz. El color rojo. Jugar al Trivial. Venezia. El María Moliner. Un niño pensativo. Bitartean heldu eskutik, de Kirmen Uribe. Despertarse y encender la radio. Un plato de pasta. El planeta Marte. Alguien con gracia para contar chistes. El calor de la chimenea mientras observas el fuego. Escuchar Friday I´m in love, de The Cure y estar enamorada. El Dalai Lama. Una ola en la que te fundes. Las ilustraciones. Pensar en alguien y dibujar una sonrisa en tu rostro. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. La noche y su poder de transformar el ambiente. Una sauna. El día y su mensaje de que la vida sigue. La entereza ante la muerte. 


Un bol de cerámica. La rebeldía. Recibir una postal. El Aita Gurea, de Padre Madina. Un ordenador portátil. El aquí y ahora. Historias de mujeres, de Rosa Montero. Escuchar a alguien decir “hay que leer esto antes de morir”. La carta de Albert Camus a su maestro después de ganar el Nobel. Un balcón adornado con geranios o petunias. Tu nombre es Olga, de Espinàs. Los artistas y sus musas. Alguien que cose. Meryl Streep. Escribir en un diario. La innovación en la cocina vasca. Frederick, de Lio Lionni. “Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad” en boca de Neil Armstrong. Una flor en el estiércol. Elegir los libros que leerás en verano. El amor incondicional de unos padres. La dignidad. Manhattan, de Woody Allen. 

Fotografía: Henri Cartier-Bresson. 

viernes, 13 de mayo de 2016

Mirar a la luna como en una divertida noche de verano



Un fuerte desamor, la muerte de alguien muy querido, una enfermedad, ese gran disgusto que te impide dormir, los problemas en el trabajo que te consumen, el imperativo de tener que dejar tu tierra y convertirte en un emigrante o un exiliado, angustiosos problemas económicos o simplemente una desgana para vivir… Esta lista es interminable. ¿Quién no ha pasado una mala temporada alguna vez?

En mayor o menor medida todos hemos atravesado algún oscuro túnel de la vida. Todos en alguna ocasión hemos tenido que descender al mundo de los afligidos y soñar con volver a ver la luz de la Tierra otra vez. En ese sufrimiento te confundes a ti mismo con un muerto viviente que a duras penas sobrevive. “¿Por qué esto a mí?” es la pregunta. Quizá en ese duro tránsito habrás recordado que “el momento más oscuro es el instante antes de amanecer” como una promesa que cambiará tu sufrimiento en sabiduría. Algo que se parece a un ruego para volver a la vida de nuevo. Te engañará el que te asegure haber mirado a la luna siempre como en una divertida noche de verano. Y si es así, sabrás que no estará legitimado para hablar a nadie de sufrimiento porque es ella la que nos cambia la mirada hacia la vida y las personas. “Gracias” a ese pesar eres mejor persona porque tu discurso acerca del dolor parte de tu propia experiencia. Como si el dolor ajeno resonara con el tuyo propio. Tal vez, quién sabe, la noche fue creada para poder hablar de la tristeza de una forma simbólica.

Encontrar en esa noche a alguien que te acompaña en el camino –simplemente estando contigo- supone ser un gran afortunado. Esa persona puede que te cuente cómo sigue la vida en el mundo de los vivos o tal vez te insufle confianza en tus posibilidades  para continuar con el recorrido. Puede también que te recuerde la dignidad con la que uno puede llevar su sufrimiento, esa dignidad que nada ni nadie te podrá arrebatar. Dar con la persona entre la inmensa multitud es, en efecto, una gran suerte. Tropezarte con alguien a quien asociar la hermosa palabra empatía y pensar que naciste para conocerla. Esa persona te hará creer en el ser humano después de sentir que tu sufrimiento es, tal vez, motivo de un vil regocijo para algunos. Algo que a veces te hace despreciar la condición humana. Pero tú sigues adelante y a ella das y de ella recibes. De él tomas aquello que necesitas. Una palabra, una mirada o su preciado tiempo. Haces planes con esa persona. Te alivia estar con él. Te libera del peso hablar con ella. Sientes que él quiere cogerte la mano y apretártela con fuerza como el viento que aviva el fuego. Pero ante todo lo que sientes es, sobre todo, que te escucha sin juzgar.

La vida nos llama a luchar contra la noche a cada uno en nuestra parcela. Como si alguien quisiera que el llanto de la noche se transformara en girasol que se despierta con los rayos del sol. Llevamos en los genes el instinto de supervivencia, de ahí que tú también le sigas a la vida. Por eso admiro el plan que os propusisteis seguir esa persona y tú. Una vez un columnista de un periódico daba a sus lectores unas razones para vivir que te parecieron fascinantes y las llevaste a la práctica. Era una lista que a su vez imitaba a otra emotiva y bella lista. Así visitasteis Toledo, leísteis Crimen y castigo de Dostoievski, visteis Manhattan de Woody Allen, El apartamento de Wilder y Qué bello es vivir de Capra, escuchasteis a Bob Dylan y a Bach, leísteis el pabellón número 6 de Chéjov y el Gran Gatsby de Scott Fitzgerald, pero por encima de todo saboreasteis el placer de las cosas sencillas: revivir el disfrute de comer unos huevos fritos o sentir el tamborileo de la lluvia mientras dormíais en la cama, ver la belleza en las naranjas o en el papel Clairefontaine, pensar en el Estado del bienestar o en las primeras cerezas, los viernes por la tarde, en la esperanza en el mundo de una mujer embarazada. La sopa caliente. Los parques. La tinta. La fragilidad. La risa. Una lágrima. Una conversación. El vaho del invierno. El sudor desnudo del verano…


Guardas esa lista del periódico con celoso cariño porque leerla hace que te sientas viva. Todavía la sigues consultando de vez en cuando. Te quedan muchas razones para vivir que te quedan por descubrir. En un arrebato de gratitud hoy te has propuesto escribir tus propias razones para vivir. Son una mezcla de las ya leídas con las tuyas propias por si a alguien le resultan persuasivas y convincentes para ese camino en la noche, como lo fueron una vez para ti.   

Fotografía: Cornell Capa.

viernes, 6 de mayo de 2016

Oxígeno para las mentes



La exposición fotográfica está en un lugar muy significativo. Las imágenes se encuentran en el piso superior de un mercado cubierto en el centro de Zarautz. Un lugar sin lugar a dudas muy transitado por mujeres que van a hacer la compra a los puestos que están ubicados en ese edificio. Los mercados son lugares emblemáticos de la vida de los pueblos y muchas veces  es ahí donde se toma el pulso a la vida de una comarca. Digamos que el mercado es el electrocardiograma que podríamos hacer a una ciudad y esta exposición es capaz de alterar los sinuosos dibujos que nuestro corazón dictaría a la máquina al ver las imágenes. Me refiero a la exposición “Mujeres. Afganistán” que todavía se puede ver hasta el día 12 mayo en la plaza del Mercado de Zarautz.

La muestra se compone de retratos realizados a mujeres afganas por el fotógrafo y periodista Gervasio Sánchez. Los textos que acompañan las imágenes son de Mónica Bernabé, la única periodista española que habita permanentemente en Afganistán. La exhibición logra ser una experiencia transformadora donde se cuenta una historia nombre a nombre, mujer a mujer. Las historias, además de alterar el corazón del visitante, despiertan sobrecogedoramente también su empatía. Se trata de un proyecto realizado con mucha sensibilidad y también con un comprometido deseo de justicia y cambio. Las vidas que se dan a conocer nos interrogan sobre la dignidad de la mujer. Algo que no es sino un fenómeno que va más allá de lo femenino y que atañe a la sociedad en su conjunto. Me pregunto cómo se sentiría la mujer que va a hacer la compra a este mercado de Zarautz si deseara quemarse viva como Halima (19 años) porque le han obligado casarse con un hombre que no ama. Si por librarse de un marido maltratador como Hangama (20 años) debiera pagar los gastos que el hombre realizó para comprarla y que eso deshonrara a su familia. Si se viera forzada como Azita a disfrazar a su hija pequeña de varón por librarse de la mancha de no haber tenido un hijo. La exposición denuncia que ante estas aberraciones, la comunidad internacional calle y mire al otro lado. Por eso, por remover las conciencias que tanto cuesta agitar es tan necesario este trabajo. Un proyecto formado por testimonios que nos atrapan y que nos interpelan sobre las mentalidades que permiten unas vidas así. Unas realidades que según los autores de la exposición requerirán de varias generaciones para llegar al cambio. Y es que la exposición también nos resulta palpitante porque evidencia lo mucho que cuesta cambiar las mentes en un país como Afganistán, pero también aquí.              

              
Pensemos en nosotros mismos. Lo difícil que resulta cambiar algo propio. Me refiero a costumbres, gustos, juicios que hacemos como individuos. Transformar el pensamiento que pone esos hábitos en funcionamiento es una tarea titánica que requiere de algo más que cabezonería. Muchas veces el peso de las ideas vence a la voluntad de cambiarlas. Imaginemos entonces lo que supone cambiar los pensamientos colectivos en una sociedad. Los conflictos surgen inevitablemente porque algunos, al principio unos pocos, están a favor de pasar página.  Otros sin embargo, quieren aferrarse a lo suyo, a lo de siempre. Los primeros que se atreven a desafiar la tradición, lejos de ser vistos como héroes, son considerados sucios traidores. En muchas ocasiones, se les intenta quitar de en medio y entonces la dificultad propia del cambio se mezcla además con el miedo a las consecuencias de diferenciarse. Algunas personas son capaces de lo peor por no dejar que entre oxígeno en las mentes abiertas. El cambio en las personas, en las familias, en las organizaciones, en la sociedad es, por tanto, una quimera muchas veces.


¿Quién se atreve si no a alzar la voz a contracorriente? Muchas veces el terror en los procesos de cambio lleva a muchos a un traicionero silencio que bloquea aún más la situación. En los discursos a veces un silencio comunica mucho más que las palabras y ese silencio resulta un aliado para dar fuerza a aquello que se quiere decir. Se trata de un caso de silencio creativo. El que piense, sin embargo, que con el silencio en otras circunstancias uno se mantiene neutral se equivoca. Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé delatan precisamente ese silencio que es cómplice de las injusticias. El silencio que no es imparcial ni creativo. Cuando nos comportamos siempre comunicamos en tanto en cuanto no existe el “no comportarse”. Por eso se dice que es imposible, no comunicar. “Mujeres. Afganistán” es una dignísima obra de renunciar al silencio. Está dirigida a mujeres que van a hacer la compra o a aquellos que visitan Zarautz para ver el mar. Precioso ejercicio de oxigenar la mente y dejar que ella cambie.  

Fotografía: Gervasio Sánchez. 

viernes, 29 de abril de 2016

Amor en Panamá



Aquel fotógrafo guardaba con secreto regocijo una fotografía de las muchas que le sacó a un futbolista. Apartaba una imagen especialmente por encima de las demás. Sentía pasión tanto por el fútbol como por la fotografía. Por eso aquel reportaje que realizó con su cámara sobre lo que para él era, más que un deporte, rebosaba frenesí por recoger con las imágenes  los gestos, las miradas, los andares de ese futbolista. Había juntado en su cámara el fútbol y la fotografía y, con ello pretendía descubrir algo nunca retratado en ese deporte. La imagen que era objeto de su fetichismo y regodeo era sorprendentemente una en la que había captado la cara del futbolista desencajada, casi deformada. Como si aquella fotografía le contara un cuento del fútbol que le consolaba; le recordara algo que debía tener presente. Diríase que mirando aquella fotografía se sentía menos frustrado. De alguna manera parecía que tenía un control sobre el fotografiado. Le sometía. Denunciaba algo en él. La escasa fotogenia del futbolista en aquella imagen era el trofeo del hombre con la cámara colgada del cuello. Como un gol metido en su portería, un descarado regate al futbolista que es un héroe social.

El enamorado persigue otras intenciones aunque sea inconscientemente. El enamorado toma el camino inverso a este fotógrafo. No lo hace con su cámara sino con los ojos que mira a su amado. Porque el acto de enamorarse es en todo caso, rescatar imágenes de tu soñado chico en las que nada molesta, apenas estorban sus maneras, todo encaja. La mezcla que se vislumbra en el carácter de la chica de tus sueños es de una rabiosa perfección para ti. Al menos al principio. De alguna manera podríamos decir que el enamorado es un reportero de su amado donde no hay fotografías incómodas, imágenes poco amables. La mirada del enamorado no puede hacer daño porque ve a su amada como una especie de imperfección, que por otra parte, resulta perfecta. Lo que más tarde le sacará de quicio, ahora le hace gracia. El enamorado, todos sabemos, añade magia a la idea de su pareja que se ha hecho en la cabeza. Y esa magia acompaña cada paso de esa chica en sus maneras de andar, de reírse, de estornudar y, todo parece tener una luz propia. 

¿Qué postura adoptamos ante la vida? ¿La del fotógrafo enamorado del fútbol que ama la fealdad captada en su modelo o futbolista? ¿La del enamorado incapaz de ver una peca defectuosa en su chica? ¿Por cuál de las dos actitudes te inclinarías ante lo que conocemos por los papeles de Panamá? Quizá lo que han destapado estos periodistas ha hecho que veas a algún personaje público como haría ese fotógrafo con extrañas manías deformadoras. Ese hombre casi morboso por los defectos de su modelo. Así se entiende que la imagen mental que tengas ahora, si no lo tenías antes, de esos presuntos implicados en los escandalosos papeles sea de alguien desfigurado en su rostro. En esa cara descompuesta que lo refleja moralmente.

Me temo que este escándalo periodístico marcará un antes y un después. Y el revuelo formado por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación remueve a la vez nuestras percepciones y miradas que adoptamos ante la vida, ante las noticias. Ambas maneras de mirar mencionadas –la deformadora y la idealizadora-se han instalado en nosotros aunque dirigidas hacia objetivos diferentes. Quién no se enamora de esos periodistas unidos en un enorme proyecto de investigación que nos hace creer que todavía hay un lugar para la esperanza y la justicia. Que el periodismo tiene todavía un papel en esta sociedad. Quien quiera parar este tipo de periodismo se delata.

Imaginemos ese rostro repulsivo y antiestético que como al fotógrafo extravagante, nos alivia ver en la cara del evasor implicado. Nos parece tener más control sobre esa fiera corrupta si lo miramos así de torpe, especialmente ahora que nos toca pagar los impuestos. Nos advierte de aquello en lo que puede uno convertirse. La historia que nos cuenta su pérfido gesto nos resarce. Lo escrutamos con unos ojos como si hiciéramos justicia con la mirada y luego nos saca una risa vengativa en los labios. Sorprende –no me negarás- toparse con esos papeles que tanto repelen e indignan, y a la vez, quedarse admirado por la labor periodística que los revela. Todo en uno. Podría decirse que en medio donde todo parece perdido y nos rodea la inmundicia aparece alguien que nos hace creer en el amor a primera vista y que todo está en su sitio. Es entonces cuando nuestros ojos eligen los héroes a los que desea mirar dulcemente y a cuáles destronar. Como si milagrosamente los ojos todavía distinguieran lo justo de lo que no lo es y sintieran haberse topado con el amor en Panamá.  

Fotografía: Gervasio Sánchez     

viernes, 15 de abril de 2016

Una escuela que fomente esa búsqueda




Suena Enya mientras tecleo y ella me lleva a Irlanda. Me pregunto cómo será esa tierra que inspira a tantos músicos y poetas. De hecho, se dice que Irlanda es el país donde mejores escritores hay por metro cuadrado. Una expresión o estadística que deja tocado  a cualquier enamorado de la literatura. Una curiosidad por conocer esa isla se apodera de mí como una nube tormentosa se cierne sobre uno de sus verdes acantilados. ¿De qué cultura beberán sus ciudadanos para entregarse a la pluma, a la lira?

Como Irlanda, cada país nos canta melodías diferentes. Por ejemplo, Japón nos evoca una cultura con claro sentido de la comunidad disciplinada, el deber y el honor. No nos podemos olvidar del manga, de su tecnología como tampoco soslayar que es el país con la mayor esperanza de vida del mundo. Eso sí que es todo un reclamo para interesarse por su vida y, claro está, por su psicología. ¿A qué se debe la fortaleza nipona?

Sin ir tan lejos, Finlandia es otro país con claras asociaciones para todos. Su excelencia educativa fascina a todo aquel interesado en pedagogía y también despierta la envidia de aquellos que sueñan con una sociedad mejor. La gran apuesta finlandesa por la educación ha situado al país en la cima de los mejores resultados en el informe PISA (como también Shangai, Singapur, Hong Kong y Taiwan). Son muchas las claves del éxito educativo finlandés cuyo beneficio disfrutan todos sus ciudadanos con un bajísimo índice de fracaso escolar y con un sobresaliente en civismo. Algo que nos lleva a pensar que su eficacia educativa está también dirigida a ser mejores personas. ¿Cómo es posible que estén tan concienciados todos para ese noble fin? Sin salir de Europa, tenemos también el Informe Mundial de la Felicidad 2016 que sitúa a Dinamarca como el país más feliz. Para esta clasificación no se han tenido en cuenta únicamente indicadores económicos. Se entiende que unos ciudadanos felices contribuyen mejor al progreso social. ¿Se podría decir que en Dinamarca hay más felicidad por metro cuadrado? Es curiosa la pregunta.

Por su parte, la ciudad alemana Gotinga es muy prestigiosa por la relación de ilustres profesores que han impartido clase en su universidad. Así es el caso de  Carl Friedrich Gauß, los hermanos Grimm o Edmund Husserl. Por añadir la expresiva estadística, se dice que hay un Nobel por cada 3000 habitantes de Gotinga.

A propósito de la gastronomía, los vascos somos conocidos también en este tipo de estadísticas. Donostia por de pronto, puede estar orgullosa de tener la primera universidad de la alta cocina de Europa y asimismo de ser la primera ciudad del mundo con mayor cantidad de estrellas Michelin por kilómetro cuadrado. ¿Qué se puede aprender de estas comunidades y de la presencia de la innovación en ellas? Sin ir más lejos, que todos ellos tienen el reconocimiento internacional en sus respectivos campos. Se lo han ganado. Todos admitimos su saber en el ámbito donde se entrenan. Todos nos rendimos ante su arte en las letras, en la salud, en la educación, en la gastronomía, etc.

Si me permites el paralelismo, el mundo es como una clase donde  Irlanda, Dinamarca o Japón destacan en lo suyo, como lo hacen Sara y Pedro. Todos y cada uno de nosotros, somos también, pues, como esos países a los que hay que reconocer un don para algo. Por eso todos los niños deberían salir de la escuela sabiendo que hacen algo bien. Es necesario que todos los alumnos escuchen en boca del maestro que tienen gran capacidad o gracia en esto o aquello. Me parece que la escuela debería fomentar esa búsqueda y ese reconocimiento de los talentos individuales. No por el único motivo de alimentar el ego o la autoestima del niño sino por una cuestión de justicia. Basta con imaginar a ese niño hábil que nunca ha escuchado que lo hace muy bien. Las consecuencias se traducen en un gran desperdicio para todos. Como un aula de una escuela con la calefacción al máximo y todas las ventanas abiertas en un helador día invernal. Aprovechar los talentos individuales repercute, también, en una mejora colectiva. La escuela no puede quedarse al margen de esto y dejar que ese calor en forma de talento se evapore con el frío. Es en ella, en la escuela, donde se concentra más talento del futuro por metro cuadrado. 

En la foto: el cocinero vasco Juan Mari Arzak. 

viernes, 8 de abril de 2016

Lesboseko huri apartatu hartan




Nire burua zerbaiten ihesean harrapatzen dudanean “Merkatari aberatsaren morroia” deritzon ipuina gogoratzen dut, Bernardo Atxagaren istorio liluragarri hori, lehen aldiz irakurri nuenetik sekula ahaztu ez dudana eta zuk oraindik ezagutzen ez baduzu ziur zeuregatuko duzuna. Oroimenean itsatsita dudan kontakizun honek nire pentsamendua hartzen du gotorleku, adibidez, konpromezu bati alde egin nahi diodanean edo pertsona bat urrutian utzi nahirik, nolabait hanka egin nahi dudanean. Aipatutako ipuina patuaren eta askatasunaren arteko hari fin horrek igorritako tintaz idatzita dago. Gure bizitza erabakita al dago? Bizitza dadoen jokoa al da? Ala ajedrez partida bat? Heriotza despistatu al dezakegu bizitza pixka bat luzatuz? Errenditzea al da hoberena?

Azken bolada honetan asko oroitzen naiz ipuin honetaz baina ez da ni ihesi nabilelako. Errefuxiatuen dramak pizten dit ipuina buruan. Idomeni, Kios edo Lesbos hitzek Atxagaren Ispahanera naramate, aipatutako ipuinera. Orduan merkatari aberatsaren morroia imajinatzen dut. Bagdadeko merkatuan dago erosketak eginez, bat batean, Heriotza azaldu den arte, errefuxiatuen jatorrizko herrietan bezala. Morroia beldurtuta dago beltzez jantzitako gizona ikustean. Are gehiago keinu egin diola konturatuta. Heriotzaren keinua bizitzaren amaierara iritsi den ideiarekin lotu du. Akabo, azokatik irten da etxera abiatuz. Merkatari aberatsari zaldi azkar bat eskatu dio ihesa ahalbideratuko diona. Ispahango huri apartatura doa abiadan, bizitza jokoan duen egonezinarekin. Urrutira alde egin nahi du morroiak, urrutira. Antzeko ihesa aukeratu dute errefuxiatuek mafien edo bidaia inposibleen bitartez. Bagdadetik Ispahanerako bidea edo Siriatik Europarakoa, beraz, ihesarena bilakatu da, tranparena, askatasunarena?, arrain batzuek harrapatzaileak engainatuz euren azala kolorez aldatzen duten bezala.

Bitartean, merkatari aberatsa, bere morroiaz kezkatuta, Bagdadeko azokara abiatu da Heriotzarekin hitz egitera. Galdetu dio ea zergatik egin dion amenazuzko keinua bere morroiari. Heriotzak erantzun dio ez dela amenazuzko keinua izan, harridurazkoa baizik. Harritu egin da morroia Bagdaden ikusteaz, Ispahanetik hain urrun, alegia. Bertan hartu behar baitu Heriotzak morroia gauean, Bagdadetik hain urrun dagoen Ispahanen. Heriotzari ihes egitea, horrela kontatuta, mamu beltzaren ahotik sabelera zuzentzea bezala litzateke, patuaren azken sonetoak sortzea.

Baina hor ez da bukatzen istorioa. Ipuinaren amaierak, hainbat bertsio ditu eta miresgarria da morroiak Heriotza despistatzen duela kontatzen duen hori. Ispahango ispilu denda batean gertatzen da, bidaia luzea eta gero, Heriotzak eta morroiak egunsentia gertu dutelarik. Ispiluek erreflejatzen duten guztietatik zein da benetako morroia? Heriotzak ez daki zein den bere harrapakina eta zein bere irudia islatzen duen ispilua. Joku hau posible egiten du literaturak ipuinaren bigarren bertsio honetan eta segundu batez bada ere, bizitza hilezkor gailendu zaio bere etsaiari.

Patuaren eta bizitza guk geuk idatzi dezakegula sinistera eramaten gaituen askatasunaren arteko talka hori dabilkit, bada, bueltaka nire imajinazioan telebistako albistegietan errefuxiatu-esparruen irudiak bazkariarekin edo afariarekin nahasten zaizkidanean. Lesbos edo Idomeni Ispahan dira, esaten diot nere buruari. Eta ispiluak gero eta errefuxiatu gehiago erreflejatzen ditu. Arazoa hazten doa. Errefuxiatuek euren jatorrizko herrietako ankerkerian ikusi dute Heriotza eta urrunera ihes egin dute bizitzaruntz. Batek daki, ihesaldi horretan Heriotza ez ote den ariko aipatutako harridurazko keinu hori egiten. Nola ote da posible Greziako kostetan zanpatuko duen pertsona,  hain urruti dauden Sirian, Afganistan edo Pakistanen ikustea lehenago? Atxagaren Ispahango huri apartatua, Lesbosekoa izan liteke. Europatik apartatu nahi ditugun biktimen beste hiri sinbolikoa da.  Batzuek ihesean Heriotzaren eskutik irentsiak izatearen patua zeramaten eurekin. Errefuxiatu-esparruetan bizirik dirauten pertsonen errealitatea oso bestelakoa da, baina ez dakit bizirik dauden hildakoak ez ote diren euren bizitza-balditzak ezagutu ondoren, euren neke emozionala kontutan hartuta, bizitza duinetik apartatua izatea sentitzeak suposatzen duen infernuarekin. Gogora datozkit Espainiako Gerra Zibilaren kontestuan ihesean alde egin zuten batzuen patuak. Espainiatik  ustez ihes egin Parisera, bertan erbestean bizi ondoren, Bigarren Mundu Gerran kontzentrazio-esparru nazietan amaitzeko. Ihesa abentura arriskutsua bezain hilgarria litzateke horrela.  

Martxoaren 20ko Brusela eta Ankararen arteko paktua albistegietan ezagutu dugu lotsaren eta ulertezintasunaren artean, eta hainbeste traje eta korbatek ez digute biktimen bizitzekin konektatzera eramango gaituzten enpatia piztu. Hain zuzen ere, hori eskatu behar baitiegu gure albistegiei edo Europatik datozen erabakiei: anestesiatik urrundu eta enpatiara eramango gaituzten kontakizunak. Errefuxiatuen drama hezur-haragituko duten testigantzak, aurpegiak, izenak. Diskurtso legaletik diskurtso etikora eramango gaituzten istorioak. Non geratzen dira giza eskubideak? Zer zirrikitutatik doaz horiek ere ihesbidean? Legala den oro al da, bada, etikoa?


Diskurtso ofizialari galdera hauen erantzuna eskatzea, baina, gehiegitxo ez ote den pentsatzen dut, zoritxarrez. Bestela ez genituzke errefuxiatuak -Europako betaurrekoekin- ikusiko ikusten ditugun bezala, hau da, pertsonak ez balira bezala. Identitate gabeko masa galdua eta kriminala bailiran. Gerratearen zama gainetik kendu ezinak ematen dien inor-ez-naiz etiketarekin. Kazetari askok salatzen dute hori eta txalogarria da egiten dutena. Are gehiago euren lana mugatzen saiatzen direla jakinda.  Batzuetan, ordea, zerbait falta den sentsazioak, gehiagoren gose uzten nau. Agian literaturak edo zineak ematen diguten begiradaren beharrean nago. Horiek eskeiniko dizkidaten kontakizun enpatikoen premian. Ni horrelako istorioen zain nago, bederen. Zeren idazle edo zinegile horiei esker izango dugu urte batzuk barru errefuxiatuen dramaren fikzio hunkigarriena eta benetakoena. Batzuek Europa edo Ispahan bidean Heriotza nola despistatu zuten kontatuko dute euren obretan. Edo Heriotzaren atzaparretan nola erori zirenen istorioak ezagutuko ditugu. Agian ezer egin ez genuen damua sentiaraziko digute, biktima bezala ikusi ez genituela salatuz. Zalantzarik gabe, biktima horien artean, idazle asko egongo da drama horren fikzio borobil bat jada buruan duena. Ideia horiek gauzatu daitezen baino ez dut eskatzen. Literaturak justizia egiterik baleuka bezala. Obra horietan, beranduegi ez bada, gure morroiaren edo errefuxiatuen sufrimenduarekin bat egingo dugu. Eta, jakina, istorio horiek itsatsita geratuko zaizkigu, niri Ispahan bezala. 

Argazkian: Jorge Semprún. Holandara ihes egin zuen Espainiako Gerra Zibilean. Ondoren erbestean bizi izan zen Frantzian eta bertatik Bigarren Mundu Gerran, Buchenwald kontzentrazio-esparru nazira deportatu zuten. Esperientzia hau kontatu zuen ondoren bere liburuetan.